lunes, 18 de agosto de 2014

María

María comenzó entonces a sentirse de excelente humor, y cuando caminamos a través del parque, hacia la costa, tenía verdadero entusiasmo. Era una mujer diferente de la que yo había conocido hasta ese momento, en la tristeza de la ciudad: más activa, más vital. Me pareció también que aparecía en ella una sensualidad desconocida para mí, una sensualidad de los colores y los olores: se entusiasmaba extrañamente (extrañamente para mí, que tengo una sensualidad introspectiva, casi de pura imaginación) con el color de un tronco, de una hoja seca, de un bichito cualquiera, con la fragancia del eucalipto mezclada al olor del mar. Y lejos de producirme alegría, me entristecía y desesperanzaba, porqué intuía que esa forma de María me era casi totalmente ajena y que, en cambio, de algún modo debía pertenecer a Hunter o a algún otro.
La tristeza fue aumentando gradualmente; quizás también a causa del rumor de las olas, que se hacía a cada instante más perceptible. Cuando salimos del monte y apareció ante mis ojos el cielo de aquella costa, sentí que esa tristeza era ineludible; era la misma de siempre ante la belleza, o por lo menos ante cierto género de belleza. Todos sienten así o es un defecto más de mi desgraciada condición?
Nos sentamos sobre las rocas y durante mucho tiempo estuvimos en silencio, oyendo el furioso batir de las olas abajo, sintiendo en nuestros rostros las partículas de espuma que a veces alcanzaban hasta lo alto del acantilado. El cielo, tormentoso, me hizo recordar el de Tintoretto en el salvamento del sarraceno.
–Cuántas veces –dijo María– soñé compartir con vos este mar y este cielo.
Después de un tiempo, agregó:
–A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siempre juntos. Cuando vi aquella mujer solitaria en tu ventana, sentí que eras como yo y que también buscabas ciegamente a alguien, una especie de interlocutor mudo. Desde aquel día pensé constantemente en vos, te soñé muchas veces acá, en este mismo lugar donde he pasado tantas horas de mi vida. Un día hasta pensé en buscarte y confesártelo. Pero tuve miedo de equivocarme, como me había equivocado una vez, y esperé que de algún modo fueras vos el que buscara. Pero yo te ayudaba intensamente, te llamaba cada noche, y llegué a estar tan segura de encontrarte que cuando sucedió, al pie de aquel absurdo ascensor, quedé paralizada de miedo y no pude decir nada más que una torpeza. Y cuando huiste, dolorido por lo que creías una equivocación, yo corrí detrás como una loca. Después vinieron aquellos instantes de la plaza San Martín, en que creías necesario explicarme cosas, mientras yo trataba de desorientarte, vacilando entre la ansiedad de perderte para siempre y el temor de hacerte mal. Trataba de desanimarte, sin embargo, de hacerte pensar que no entendía tus medias palabras, tu mensaje cifrado.
Yo no decía nada. Hermosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre las nubes de poniente. Sentí que ese momento mágico no volvería a repetirse nunca. "Nunca más, nunca más", pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo.
Oí fragmentos: "Dios mío..., muchas cosas en esta eternidad que estamos juntos..., cosas horribles..., no solo somos este paisaje, sino pequeños seres de carne y huesos, llenos de fealdad, de insignificancia..."
El mar se había ido transformando en un oscuro monstruo. Pronto la oscuridad fue total y el rumor de las olas allá abajo adquirió sombría atracción: Pensar que era tan fácil! Ella decía que éramos seres llenos de fealdad e insignificancia; pero, aunque yo sabía hasta que punto era yo mismo capaz de cosas innobles, me desolaba el pensamiento de que también ella podía serlo, que seguramente lo era. Cómo? –pensaba– con quiénes, cuándo? Y un sordo deseo de precipitarme hacia ella y destrozarla con las uñas y de apretar su cuello hasta ahogarla y arrojarla al mar iba creciendo en mí. De pronto oí otros fragmentos de frases: hablaba de un primo, Juan o algo así; habló de la infancia en un campo; me pareció oír algo de hechos "tormentosos y crueles", que habían pasado con ese otro primo. Me parecía que María me había estado haciendo una preciosa confesión y que yo, como un estúpido, la había perdido.
–Qué hechos tormentosos y crueles!– grité.
Pero, extrañamente, no pareció oírme: también ella había caído en una especie de sopor, también ella parecía estar sola.
Pasó un largo tiempo, quizá media hora.
Después sentí que acariciaba mi cara, como la había hecho en otros momentos parecidos. Yo no podía hablar. Como con mi madre cuando chico, puse la cabeza sobre su regazo y así quedamos un tiempo quieto, sin transcurso, hecho de infancia y de muerte:
Qué lástima que debajo hubiera hechos inexplicables y sospechosos! Cómo deseaba equivocarme, cómo ansiaba que María no fuera más que ese momento! Pero era imposible: mientras oía los latidos de su corazón junto a mis oídos y mientras su mano acariciaba mis cabellos, sombríos pensamientos se movían en la oscuridad de mi cabeza, como en un sótano pantanoso; esperaban el momento de salir; chapoteando, gruñendo sordamente en el barro.

martes, 29 de julio de 2014

Misèries del subsòl

El meu relat ha de causar un efecte desagradable perquè tots nosaltres hem perdut el costum de viure, tots coixegem, uns més i altres menys. L'hem perdut fins a tal punt que sentim envers la "vida autèntica" una mena de repugnància, i per això no suportem que ens la recordin. Hem arribat a l'extrem de considerar la "vida autèntica" un treball excessiu, i tots estem interiorment d'acord que és millor viure-la en els llibres. I per què de vegades ens afanyem i fem bogeries? No ho sabem ni nosaltres. Ens sentiríem molt pitjor si es complissin els nostres desitjos extravagants. Proveu-ho, vinga, doneu-nos, per exemple, més independència, deslligueu les mans de qualsevol de nosaltres, amplieu-nos el camp d'activitat, afluixeu la tutela, i nosaltres... us ho asseguro: immediatament us demanarem que torneu a exercir la tutela sobre nosaltres. Sé que potser us enfadareu amb mi per aquestes paraules, cridareu i picareu de peus a terra: "Parla per tu mateix –em direu–, i per les teves misèries del subsòl, però no t'atreveixis a dir: «tots nosaltres»". Disculpeu-me, senyors, però no estic justificant de cap manera aquest "nosaltres". Pel que fa al meu cas en particular, no he fet sinó portar la meva vida fins al límit al qual vosaltres no us heu atrevit; no heu arribat ni a la meitat d'aquest punt, i encara voleu fer passar la vostra covardia per prudència, i us consoleu enganyant-vos a vosaltres mateixos. Així que potser hi ha més vida en mi que en tots vosaltres. Però fixeu-vos-hi amb més atenció! Ara ni tan sols sabem què significa viure, què és i com s'anomena? Deixeu-nos sols, sense llibres, i de seguida ens perdrem enmig de la confusió; no sabrem a què hem d'aferrar-nos ni on hem de pertànyer; no sabrem què hem d'estimar i que hem d'odiar, què hem de respectar i què hem de menysprear. Se'ns fa dur fins i tot ser persones, persones amb un cos i una sang reals i individuals; ens n'avergonyim, ho considerem una deshonra, i ens esforcem per ser una mena d'ésser generalitzat i impossible. Hem nascut morts, i fa molt de temps que naixem de pares que ja no viuen, i això ens agrada cada cop més. Hi estem trobant el gust. Aviat ens inventarem la manera de néixer d'una idea. Bé, ja n'hi ha prou; ja no vull escriure més des del "subsòl"...

martes, 13 de mayo de 2014

mortal y rosa

Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más. Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.

sábado, 10 de mayo de 2014

El vínculo con el carácter sagrado de la vida

Aunque yo no pertenezca a ninguna religión (a la que le debo, por otro lado, el haber sido iniciado en la trascendencia), me he dado cuenta que la sobriedad feliz, para mí, atañe decididamente a un ámbito místico y espiritual. Éste, por el despojamiento interior que conlleva, se convierte en un espacio de libertad, libera de los tormentos con los que nos abruma el peso de nuestro modo de existencia.
Hay vida después de la muerte? Desde la aparición de nuestra especie pensante, no existe una respuesta definitiva para esta pregunta recurrente, excepto la fe, considerada una certeza para aquellos en los que habita. Sólo tenemos hipótesis, y las controversias que suscita esta cuestión imposible podrían desarrollarse hasta el infinito. Cada uno se da la respuesta que le conviene, forja sus propias certezas o acoge la duda, el escepticismo, el ateísmo... Sin embargo, algunas religiones han tenido sabiduría, desde el origen, de proclamar que Dios en sí mismo es indecible: aquel sobre el que nada se puede decir. Por desgracia, las estanterías de las bibliotecas se comban bajo el peso de consideraciones contradictorias e incluso conflictivas sobre este principio indecible. En el mismo ámbito, una vez más, sólo el silencio anclado en este inconmensurable misterio que llamamos vida es verdaderamente realista. A pesar de nuestras elucubraciones, de la belleza que nuestro planeta nos ofrece y de la inteligencia creadora, estamos obligados a constatar que ni las religiones, ni el arte, ni la ciencia, la política o la filosofía han tranquilizado al mundo, ni nuestros corazones o nuestras conciencias. Podemos suponer que sin todo esto el mundo sería más bárbaro de lo que es, pero no puedo evitar pensar que también han sido factores de disensiones y violencia.
Es una pena que el tiempo invertido en tratar de averiguar si existe vida más allá de la muerte no haya sido consagrado a comprender qué es la vida y, al comprender su inmenso valor, a actuar para hacer de ésta una obra de arte inspirada en un humanismo vivo y activo, en cuyo seno la moderación fuera un arte de vida. Sería una pena, tras haber sido alimentados hasta la saciedad de sufrimiento y sinsentido, preguntarse, al final de la existencia, no si hay vida tras de la muerte, sino si existe realmente la vida antes de la muerte y qué representa ésta para el misterio de la vida. Una existencia realizada se mide según el éxito económico, político u otros? Todo es efímero en este río poco tranquilo que llamamos la historia. Incluso esos que lamamos "los grandes hombres" desaparecen en él, dejando en el hueco de nuestra memoria poco más que una impronta evanescente en la infinita inmensidad del silencio. Ni todas las disciplinas científicas podrían iluminarnos, ya que no nos permiten más que comprender los fragmentos de un fenómeno que escapa a la comprensión global. Ahora bien, tienen el mérito, para las almas humildes, de poner en evidencia la imposibilidad para el pensamiento, de naturaleza limitada, de permitirnos el acceso a una realidad de naturaleza ilimitada. Sin embargo, cuando el pensamiento se hace consciente de sus límites, silencioso, nos conduce hasta las orillas de lo desconocido. Entonces se tranquiliza, descubre la sobriedad y nos introduce en una contemplación desnuda de todo cuestionamiento sin objeto, de toda espera o ambición, que abre nuestro ser profundo a aquello que no es reducible a ningún lenguaje. Es probable que el silencio con el que choca nuestro deseo de conocer lo esencial de lo esencial sea la causa de nuestros más grandes tormentos y transforme la vida en un encierro, mientras que el universo al completo nos invita a la libertad más absoluta. Nuestros conocimientos han podido explicarnos cómo un humilde grano germina y perpetúa la vida, pero jamás han dilucidado el porqué de la vida.
La verdad no se puede extraer de ningún lugar. Ninguna filosofía, ningún dogma o precepto, ninguna ideología puede capturarla, y menos aún enjaularla. Sólo se revela cuando dejamos de especular y de atormentarnos. Sólo podemos recibir su visita en la inmovilidad y el silencio. Y en este estado no hay lugar para ningún punto de vista, ninguna opinión sobre aquello de lo que no hay nada que decir. La verdad parece preexistir a todo eso que existe. Es probable (al menos, así lo siento yo) que sea eso que llamamos, como una aproximación intuitiva y apremiados por una duda permanente, el poder de lo divino; lo que los primitivos, nuestros lejanos progenitores, presentían en todas las manifestaciones de la vida.

lunes, 12 de agosto de 2013

COMO no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizá incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande"

"«¿Qué figura está haciendo?», contesta: «Pues, si sale con barbas, san Antón; y, si no, la Purísima Concepción"

"Pessoa se refiriera a eso en sus célebres versos: «El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que llega a fingir dolor del dolor que de veras siente" "

Ahora que lo pienso, en esto es muy parecido a la locura. En mi adolescencia y primera juventud padecí varias crisis de angustia. Eran ataques de pánico repentinos, mareos, sensación aguda de pérdida de la realidad, terror a estar enloqueciendo. Estudié psicología en la Universidad Complutense (abandoné en cuarto curso) justamente por eso: porque pensaba que estaba loca. En realidad creo que ésta es la razón por la que hacen psicología o psiquiatría el noventa y nueve por ciento de los profesionales del ramo (el uno por ciento restante son hijos de psicólogos o psiquiatras y ésos están aún peor). Y que conste que no me parece mal que sea así: acercarse al ejercicio terapéutico habiendo conocido lo que es el desequilibrio mental puede proporcionarte más entendimiento, más empatía. A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo" "

A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo. Hoy me alegro de haberlas tenido: así supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable"

"¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano."

"Del mismo modo, de todos es sabido que muchas personas creen ver por la calle al ser querido que acaban de perder (a mí nunca me ha pasado). Lo cuenta muy bien Ursula K. Le Guin en un desnudo poema titulado «On Hemlock Street» (En la calle Cicuta):
I see broad shoulders,
a silver head,
and I think: John!
And I think: dead"

"«Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse»"

"positivismo de Comte, que se apartaba de la religión y consagraba la ciencia como única vía para conocer la realidad y mejorar el mundo"

"«El problema de las parejas es que las mujeres se casan pensando que ellos van a cambiar y los hombres se casan pensando que ellas no van a cambiar."

"Patricia Highsmith, formidable domadora de demonios, refleja esta cruel deriva del amor al odio en varias de sus novelas, pero sobre todo en la desoladora Mar de fondo"

"Cuanta más pena siento por mí, tanta más esperanza tengo por vosotros"

"El desamor es tópico, ridículo, monumentalmente exagerado. Pero duele, ¡cómo duele! Parece mentira que el fin de un espejismo amoroso que tal vez sólo ha durado unas semanas pueda sumirte en semejante infierno. Ya se sabe que sufrir de mal de amores es como marearse en un barco: a la gente tu estado le parece divertido, pero tú te sientes morir"

"Dicen que la Humanidad se puede dividir entre aquellos cuya infancia fue un infierno, en cuyo caso siempre vivirán perseguidos por ese fantasma, y aquellos que disfrutaron de una niñez maravillosa, que lo tienen aún mucho peor porque perdieron para siempre el paraíso"

"Lo de no querer olvidar es una obviedad, un lugar común del que te previene todo el mundo, y desde luego dificulta el duelo y lo hace más largo. Pero es lógico que nos resistamos al olvido porque ésa es la derrota final frente a nuestra gran enemiga, frente a esa asquerosa muerte que es la destructora de las dulzuras, la separadora de las multitudes, la aniquiladora de los palacios y la constructora de tumbas, como la denominan en Las mil y una noches, que es un libro que sabe mucho sobre el combate desigual de los humanos contra la Parca"

"Philip Larkin" "They fuck you up, your mum and dad. They may not mean to, but they do. They fill you with the faults they had And add some extra, just for you. But they were fucked up in their turn By fools in old-style hats and coats, Who half the time were soppy-stern And half at one another’s throats. Man hands on misery to man. It deepens like a coastal shelf. Get out as early as you can, And don’t have any kids yourself"

"sólo ese amor absoluto y centelleante que los padres sienten por sus hijos permite superar el egoísmo individual que te hace poner tu propia integridad por encima de todo"

"Paula Rego" "Paul Kammerer" "la palabra normal, como sinónimo de lo más común, lo más abundante, lo más habitual, sino de norma, de regulación y de mandato"

"«neuregulin 1». Se calcula que el cincuenta por ciento de los europeos sanos lleva una copia de este gen alterado, un quince por ciento suma dos copias y el treinta y cinco por ciento restante no posee ninguna. Y resulta que este gen de nombre inverosímil parece guardar una relación directa con la creatividad: los más creativos tenían dos copias, y los menos, ninguna. Pero ahora viene lo mejor: poseer esta mutación también conlleva un aumento del riesgo a desarrollar trastornos psíquicos, así como una peor memoria y… ¡una disparatada hipersensibilidad a las críticas!" "Tus labios, que yo solía decir eran exquisitos, están pálidos, descoloridos. Tu barbita canosa; apenas se ve tu pelo porque la herida empieza justo ahí y podría verse el hueso superior de la derecha de la frente levantado […]. Qué golpe ha sufrido tu pobre cabeza, que yo acariciaba tan a menudo tomándola en mis manos. Y una vez más te besé los párpados que tú cerrabas tan a menudo para que yo los besara, me ofrecías la cabeza con un movimiento familiar que recuerdo hoy y que veré difuminarse en mi memoria; ya el recuerdo es confuso e incierto"

"terrorismo emocional" "Pierre y Marie se casaron en París por lo civil; con el dinero que les regalaron en la boda compraron dos bicicletas y su luna de miel consistió en irse pedaleando por media Francia"

"La pérdida de un ser querido es una vivencia tan dislocada e insensata que resulta increíble cuánto te puede llegar a turbar y emocionar una tarjeta VISA con el nombre de tu muerto escrito en relieve" "

Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria."

"A veces las relaciones que se cimentan en el daño son más persistentes que las que se basan en el amor" "Piensa en el dicho del cocodrilo que llora porque no se ha comido a su presa, las lágrimas de tu mujer son de ese tipo.»"

"«Siento la necesidad de decirle lo mucho que admiro su espíritu, su energía y su honradez. Me considero afortunado por haberla podido conocer personalmente en Bruselas. Siempre agradeceré que tengamos entre nosotros a gente como usted y como Langevin, genuinos seres humanos, de cuya compañía uno puede congratularse. Si la chusma sigue ocupándose de usted, deje sencillamente de leer esas tonterías. Que se queden para las víboras para las que han sido fabricadas" "Iona Heath" "

Esos vivos no eran más que proyectos de cadáveres" "Esos vivos no eran más que proyectos de cadáveres."

"La pena es pura y es sagrada, le dijo una nonagenaria al escritor Paul Theroux, y es una frase que se me ha quedado grabada a fuego en la memoria. Cierto; la pena es pura y sagrada, y hasta en la muerte puede haber belleza, si sabemos vivirla" "

Thomas Lynch" "En su libro El enterrador hay una página maravillosa que viene a ser la antítesis de la ira de Aquiles. Una niña había sido asesinada por un tipo psíquicamente desequilibrado; sucedió el día en que se iba a hacer la fotografía anual de la escuela, así que la niña había salido de casa vestida de punta en blanco. Nunca llegó al colegio; la encontraron veinticuatro horas más tarde; había sido violada, estrangulada, apuñalada y luego le habían machacado la cabeza con un bate de beisbol. Y entonces la niña, o lo que quedaba de ella, llegó a la funeraria. «Un hombre con quien trabajo llamado Wesley Rice pasó un día y una noche enteros reconstruyendo cuidadosamente el cráneo —dice Lynch—. La mayoría de los embalsamadores, enfrentados a lo mismo que Wesley Rice cuando abrió la bolsa de la morgue, simplemente habrían dicho: ataúd cerrado, habrían tratado los restos apenas lo suficiente como para controlar el olor, habrían cerrado la bolsa y se habrían ido a casa a tomar un cóctel. Mucho más fácil. El pago es el mismo. Pero, en vez de eso, Wesley Rice comenzó a trabajar. Dieciocho horas después, la madre de la niña, que había rogado verla, la vio. Estaba muerta, de eso no había duda, y deteriorada; pero su rostro era otra vez el suyo, no la versión del loco […]; Wesley Rice no la levantó de entre los muertos ni escondió la dura realidad, pero la rescató de la muerte del que la asesinó. Le cerró los ojos y la boca. Le lavó las heridas, suturó las laceraciones, reconstruyó el cráneo golpeado […], la vistió con jeans y suéter azul de cuello alto y la puso en un ataúd junto al cual sollozó su madre durante dos días […]. El funeral de la niña fue lo que los que trabajamos en las funerarias llamamos un buen funeral. Sirvió a los vivos cuidando de los muertos.» Hay belleza, ¿no?"

"hagiografía" "la vida nos empuja sin que nos demos cuenta hacia las vías muertas"

"Por lo menos, cuerpo miserable, te he marcado con una salamandra que es sólo hija de mi voluntad, y vas a tener que aguantarla hasta que te pudras" "

no manejar bien el equilibrio entre lo ficticio y lo real puede tener consecuencias devastadoras"

"No es fácil saber dónde pararse, hasta dónde es lícito contar y hasta dónde no, cómo manejar la sustancia siempre radiactiva de lo real"

"El tuétano de los libros está en las esquinas de las palabras. Lo más importante de las buenas novelas se agolpa en las elipsis, en el aire que circula entre los personajes, en las frases pequeñas. Por eso creo que no puedo decir nada más sobre Pablo: su lugar está en el centro del silencio"

"ENTONCES, ¿la vida siempre acaba mal? Según una tradición gitana, si acudes a un festejo social, a una boda, a un bautizo, no debes desear felicidades, como es habitual, sino «malos principios». Porque, con sabiduría milenaria forjada por unas condiciones de vida difíciles, conocen que la desgracia es inevitable en la existencia; y entonces prefieren desear que la cuota de dolor venga primero, para que así el final sea venturoso." "

growing old is not for sissies"

"mientras que el momento más difícil de la existencia está entre los cuarenta y los cincuenta años"

lunes, 29 de julio de 2013

c


En muchos aspectos, el juego de los niños es similar a la lucha de estímulo de los adultos. Al ocuparse los padres del niño de sus problemas de supervivencia, a éste le queda una gran cantidad de energía sobrante. Sus actividades lúdicas le ayudan a quemar esta energía. Existe, sin embargo, una diferencia. Ya hemos visto que hay varias formas de desarrollar la lucha de estímulo adulta, una de las cuales es la invención de nuevos modos de conducta. En el juego, este elemento es mucho más fuerte.

Para el niño que se encuentra en período de crecimiento, cada acción que realiza constituye, virtualmente, una nueva invención. Su ingenuidad ante el medio ambiente le fuerza, con más o menos intensidad, a sumergirse en un continuado proceso de innovación. Todo es nuevo. Cada lance del juego es un viaje de descubrimiento: descubrimiento de sí mismo, de sus posibilidades y capacidades, y del mundo que le rodea. El desarrollo de la inventiva puede no ser la finalidad específica del juego, pero es, sin embargo, su característica predominante y su bien más estimable.

Las exploraciones e invenciones de la infancia suelen ser triviales y efímeras. En sí mismas, significan muy poco. Pero si puede impedirse que los procesos que implican —el sentido de extrañeza y de curiosidad, el impulso de buscar, hallar y poner a prueba— se desvanezcan con la edad, de modo que continúen dominando la adulta lucha de estímulo, prevaleciendo sobre alternativas menos recompensadoras, entonces se ha ganado una importante batalla: la batalla de la creatividad.

Muchas personas se han devanado los sesos en torno al secreto de la creatividad. Yo sostengo que, básicamente, no es más que la prolongación a la vida adulta de estas vitales cualidades infantiles. El niño formula nuevas preguntas; el adulto contesta a preguntas viejas; el adulto infantil encuentra respuestas a preguntas nuevas. El niño es inventivo; el adulto, productivo; el adulto infantil es inventivamente productivo. El niño explora su medio ambiente; el adulto, lo organiza; el adulto infantil organiza sus exploraciones.  Crea.

jueves, 20 de junio de 2013

kevin

Lo último que estamos dispuestos a reconocer es que el fruto prohibido que venimos mordiendo desde que llegamos a la mágica edad de los veintiún años es una apetitosa manzana igual que las que metíamos en nuestras mochilas escolares para tomar a la hora del almuerzo. Lo último que admitiremos es que las peleas del patio de la escuela son el perfecto ensayo de las maquinaciones de las salas de juntas, que nuestras jerarquías sociales son meramente una extensión del sistema de elección de los jugadores del equipo de fútbol sala del colegio, y que los adultos también se dividen en bravucones, gordos y quejicas. ¿Qué es lo que acabará descubriendo un niño? Tal vez pensemos que somos superiores a ellos por tener la capacidad exclusiva de realizar actividades sexuales, pero esa pretensión se desvanece tan deprisa al confrontarla con los hechos, que sólo puede ser debida a una conspiratoria amnesia colectiva. Algunos de mis recuerdos sexuales más intensos se remontan a la época en que aún no tenía diez años, como te confesé bajo las sábanas en tiempos mejores. No, ellos también tienen actividad sexual. En realidad, somos, simplemente, versiones cada vez más grandes y más codiciosas del mismo individuo que come, caga y folla, y nos tomamos infinitas molestias para disimular delante de todo el mundo, incluso de un niño de tres años, que casi todo lo que hacemos se reduce a comer, cagar y follar. El secreto es que no hay ningún secreto. Eso es lo que realmente deseamos ocultar a nuestros hijos, y esa ocultación es la verdadera conspiración de los adultos, el pacto que mantenemos, el Talmud que tratamos de proteger.

lunes, 25 de marzo de 2013

mendia

vivir en blanco y negro y con minúsculas, asi me siento por las mañanas. el color no forma parte de mi carácter, ni de mi carácter, ni de mi vida. ni de mis amigos. y si vives con minusculas no hay grandes acontecimientos.

sábado, 16 de marzo de 2013

«Dentro de uno o dos años usted verá a millones y millones de pequeños grupos tribales abandonar los centros urbanos y volver al campo, lejos de la ciudad, como lo hicieron en el siglo XIX.

«No entiendo cómo puede el norteamericano medio pensar que todas las religiones ya han sido fundadas, que todas las soluciones políticas ya han sido elaboradas. Insto a todo el mundo, sobre todo a los jóvenes, a que piensen en fundar su propia religión… en fundar su propio país…

«Digo a los jóvenes que se excluyan de la Política del Poder porque es un juego competitivo de viejos. Nuevas soluciones políticas surgirán de pequeños grupos de jóvenes que vivan juntos lejos de las ciudades. Unas diez comunidades ya empiezan a hacerlo, y esto es solamente el comienzo de los cambios sociales que veremos cuando la generación psicodélica asuma el poder....

por dónde se sale?

Habiendo descubierto tarde que todo lo que tengo para vender es mí tiempo, he readquirido mis derechos y aquí estoy: ¡emancipada! Podría ganar más dinero, pero todo lo que podría comprar con él serían cosas. En cierto momento durante el año pasado descubrimos que poseíamos siete radios a transistores; ¡ahí fue cuando percibimos la podredumbre! De modo que me abrí… bueno, sólo un poquito, pero desde la tarde del miércoles a la mañana del lunes, el tiempo es todo mío.

La primera semana ha sido arrolladora. Pasé horas mirando por la ventana los cambios en el cielo. Desde la cumbre de nuestra colina hay otro mundo entero para mi exploración, y cuando el crepúsculo morado se escurre detrás de los fantasmas de cemento de Santa Mónica, es puro deleite. He conversado con amigos, llegando sin anunciarme, tirándome en el piso, frotando mis mejillas contra las alfombras, oyendo sus discos, comiendo su comida, compartiendo sus fantasías y nunca me pregunté si debiera estar en alguna otra parte.

No sé por qué me dejé estar tanto tiempo, gastando mis días como moneda desvalorizada, despertándome todavía dormida, durmiéndome mientras todavía soñaba, partiendo, en la oscuridad a la mañana, escurriéndome hacia casa en la oscuridad del anochecer, el sol y el aire del día tan remotos como los informes meteorológicos para los estados del Este y de y de la Costa. ¿Qué quería yo, que comerciaba tan ligeramente con mi tiempo: era otro coche u otro poquito de ropa o números grandes en los talones de los cheques? Debo haberme perdido en alguna parte en las islas de mármol de los negocios, debo haber quedado atrapada en las letras de molde del pago a término y ni siquiera conozco a alguien llamado Jones. Pero nunca más, nunca más, nunca más.

Ser libre está muy lleno de obligaciones. Ahora hay tiempo para hacer todas las cosas que yo decía que la falta de tiempo no me permitía, Tiempo para trabajar y para realizarse en el trabajo, para modelar, para forma a la figura de los días, tiempo para hablar y escuchar en la misma ocasión. Tiempo para ver dónde estoy, dejando sin determinar la meta enceguecedora, tiempo para notar cada detalle. ¡Mi Dios, hasta tiempo para caminar!

He manejado a lo largo de las mismas calles día tras día sin ver nunca otra cosa que el tránsito que estorba o los malditos peatones. Pero cuando hago el mismo camino a pie veo tantas maravillas, tantas cosas admirables. Algunas ventanas dicen todo acerca de su dueño. Las antiguas cortinas semicorridas, de papel amarillento y manchado, las pálidas cortinas lavadas, el diario doblado en el antepecho. Detrás del ejército de blanquísimas cortinas de los departamentos de Hollywood hay metros de alfombras blanquísimas y miles de personas sentadas ante mesas de fórmica comiendo arroz a la española, instantáneo, en platos de papel para fiestas. Tienen baños con diseños en colores, delfines dorados sostienen su jabón para la cara y en sus axilas crecen signos dólar en vez de pelos.

Hay casas de madera pintada donde generaciones enteras viven en la luz azul de los televisores y se tambalean hasta sus camas llenas de inmaculados sueños y antihistamínicos. Hay puertas cerradas por donde no pasa nadie, y negocios donde nadie compra el pan viejo y los ovillos de piolín; el hombre está parado detrás del mostrador sobre su plataforma de madera escuchando los programas radiales y maldiciendo al comercio que no lo hizo rey. Hay postes de luz totalmente claveteados con avisos de venta, un refrigerador nuevo y una cama plegable, se venden por fuerza, nos mudamos, barato, con sólo llamar.

Cuánto hace que se fueron; el aviso parece tan viejo; tal vez están ahora en otra ciudad, comprando camas y heladeras y prometiendo pagar.

Los chicos corren a lo largo del cordón, un pie arriba y un pie rozando la calzada, sus ojos son redondos, su ropa corta, hacen a un lado el espacio, la gente, el desastre y el sentido del tiempo. Corro detrás de ellos hasta que me ven, se detienen y ríen. Señalan y ríen y yo salto arriba y abajo, agito mis brazos.

«Una loca», dicen y huyen.

A menudo pienso que cuando sea muy vieja iré por ahí en patines de ruedas. ¡Ahí estaré, llena de bufandas, volando por la calle sobre ruedas, haciendo ochos en las intersecciones y nadie dirá nada excepto, quizá, que soy «una loca». ¡Estoy acostumbrada a eso!

Ovejas, bee

Cuidado con los líderes, con los héroes, con los organizadores: ojo con esa gente. Cuidado con los abortos de la estructura. Ellos no entienden. Sabemos que El Sistema no anda porque vivimos en sus ruinas. Sabemos que los líderes no resuelven nada porque nos han llevado únicamente hacía este presente; los buenos líderes tanto como los malos. (¿Quién causó más sufrimiento, Hitler o San Pablo?), No interesa que el líder sea bueno o malo: el liderazgo es malo per se. El medio es el mensaje, y el mensaje del liderazgo es Vietnam. Los campos de concentración. La Gran Sociedad. Los motines en Haight Street. Lo que El Sistema llama organización es una jaula Sistemática que limita arbitrariamente todo lo posible. Nunca funcionó. Siempre condujo a este presente. Y los héroes son sólo héroes, nada más. Todo hombre que quiere ser tu líder es El Hombre. Piensa: ¿por qué ha de querer alguien conducirme a mí? Piensa: ¿por qué debo pagarle el viaje? Piensa. (Moon+ Reader v1.9.2c, El libro hippie)

Finalmente, jóvenes, deben adoptar una filosofía de la vida que esté en armonía con lo que este país es en su totalidad. Si se considera que éste es un país libre, debe querer decir libre para todos, no solamente para los que pertenecen al grupo de ustedes. Si este país cree en la dignidad del hombre, las diferencias de los demás no deben ser escarnecidas. Que los melenudos usen su melena, que los guitarristas rasgueen a gusto. Si eso es lo que quieren, que sea así. No arrojemos basura ni castiguemos de ningún otro modo a los que eligen ser distintos. Tampoco, si creemos que tenemos obligaciones unos con otros, volvamos nuestra espalda cuando se nos necesite. ¿Recuerdan lo que pasó en Nueva York? Una muchacha gritó pidiendo ayuda al ser atacaba, pero nadie la auxilió hasta que estuvo muerta. Los vecinos no querían meterse en líos. Esa parece ser la historia, de mi generación. ¿Y la de ustedes? (Moon+ Reader v1.9.2c, El libro hippie)

lunes, 3 de septiembre de 2012

Entre los archivos del distrito

Ya no veo mucho a Jiri. A decir verdad, su ausencia comenzó mucho antes de su partida. Ocurrió así: cuando era muy pequeño, su madre tuvo que marcharse lejos durante un tiempo. Poseía una destreza técnica específica que necesitaban en algún sitio. Y en ese sitio hacía mucho frío. Su alojamiento era precario. Ella se quejaba en cada carta. No hubo nada que hacer. La hicieron trabajar demasiado, enfermó y murió. No nos fue posible ir a su entierro. En mis recuerdos y en los sueños en que aparece, siempre es verano, lleva vestidos vaporosos y un toque de sol en la piel. Una consecuencia de su partida fue que Jiri y yo nos volvimos inseparables. Teníamos mucho en común, en especial una pasión por todo lo fantástico. A Jiri le encantaban las historias que le contaba antes de dormir, y a veces inventaba las suyas propias, a mi parecer, realmente buenas. Habíamos descubierto unas viejas colecciones de cuentos de hadas y ambos disfrutábamos de ellas de lo lindo. También éramos camaradas. Los fines de semana dábamos largos paseos juntos —su pequeña mano en la mía— y nos fijábamos en todo. Hablábamos de la gente que nos cruzábamos por el camino, la gente que conocíamos, de las calles y de los edificios, de los animales, de los insectos, de los objetos curiosos con los que nos tropezábamos, como cajas, latas, botellas y envoltorios. Siempre nos llevábamos bocadillos y, cuando nos entraba hambre, buscábamos un portal, una escalinata, una plataforma de carga o una piedra para sentarnos. Si el tiempo acompañaba, cerrábamos los ojos, disfrutábamos del sol y a lo mejor pensábamos en su madre. Una o dos veces lloramos, imaginando el frío que debió de pasar y lo cansada y sola que debió de sentirse.
Aunque Jiri era pequeño, era una especie de filósofo de la vieja escuela y se planteaba cuestiones tales como los motivos que se escondían tras las extrañas peregrinaciones de los gatos y si las cosas viejas, como los ladrillos o los tablones de madera, se hacían de alguna forma más sabias gracias a la experiencia. Yo era feliz hablando de estas cosas con él y creo que es posible que dijéramos muchas verdades. No cabía duda de que ciertas calles y paredes parecían hablarnos, contarnos algo de los que habían sido testigos mudos. A este respecto, las manchas decoloraciones de las paredes eran como mapas de nuevos reinos para nosotros y los examinábamos con respeto, aventurando a veces una explicación o una descripción, casi siempre bastante sombría, pues esa era nuestra inclinación. Una pared —de eso estábamos convencidos— había sido testigo de la muerte de toda una familia y fuimos enumerando, detalle por detalle, sus últimos momentos, sus vanas esperanzas y palabras fútiles, su disposición final. Sin embargo, aunque nuestros pensamientos y gustos con frecuencia estuvieran teñidos de oscuridad, éramos inefablemente felices, como en una especie de palpitante comunión con las fuerzas elementales y primigenias que subyacen a todas las cosas. Cada una de nuestras respiraciones iba cargada a la vez de dicha y de dolor, tanto más cuanto que se trataba de un acto original, íntimo e incluso secreto.

Y entonces, cuando Jiri cumplió diez años, el primer doble dígito de su vida, aunque todavía era pequeño y bastante frágil, con una cabeza aún un poco grande para su cuerpo, todo cambió. Tenía como profesora de cuarto a una mujer obesa dotada de una inmensa confianza en sí misma, que ridiculizaba su pasión por los cuentos de hadas, tachándola de cosa de niño pequeño, y que criticaba durante sus dibujos de criaturas fantásticas. Era muy testaruda y se tomaba muy en serio las realidades del mundo. Como profesora, transmitía lo que podía de su filosofía y creo que, en general, tubo mucho éxito. Desde luego tuvo éxito con Jiri.
Nuestros paseos y conversaciones continuaron como siempre, pero pronto me di cuenta que sus dibujos se iban convirtiendo en fieles representaciones de hombres y mujeres, de casas, de insectos... y, aunque eran más reales, eran peores que sus dibujos fantásticos, porqué eran réplicas sin alma, mientras que sus trabajos anteriores, aunque irreales, eran, desde luego, la esencia misma de las cosas. También dejó de leer cuentos de hadas; en realidad, cualquier tipo de lectura fantástica, y se inició en libros basados en hechos reales. Sin embargo, como no disfrutaba realmente de esos libros, su solución fue no leer nada, salvo si le venía impuesto. Cuando lo animaba a que leyese sus cuentos de hadas, se avergonzaba y se volvía evasivo. Su mente no podía comprender por qué lo alentaba a seguir siendo un niño. Al mismo tiempo, estaba enfadado conmigo porque un placer había desaparecido de su vida y, de alguna manera, yo tenía la culpa.
Esto me entristeció, por supuesto. No podía hacer nada al respecto. Estaba totalmente desconcertado. Me había reunido con su profesora varias veces en tutorías rutinarias y había comprobado que, en verdad, se trataba de una mujer estúpida y pagada a sí misma, y que encima olía fatal. Vivía sin dudas, vestía con ropa cara y era condescendiente con los padres, como si éstos fueran criaturas inferiores. Todo lo que engullía alimentaba sus convicciones y a Jiri le debió de parecerle formidable, especialmente comparada conmigo. Sin embargo, ella no quería a Jiri. Ni siquiera le gustaba del mismo modo que le gustaban otros niños, porqué reconocía en él una debilidad persistente que constituía una afrenta a su misión y a su ser. Era yo quien quería a Jiri, a mí quien le gustaba. Era yo quien lo adoraba, respetaba y protegía. Pero no era suficiente, a pesar de que, durante un tiempo, creí como un tonto que sí lo sería. Jiri, por alguna razón misteriosa e irrevocable, había decidido que ella tenía la razón y que yo me equivocaba, que no se podía confiar en mí en lo que a la vida se refería. Por qué? No lo sé. Era y sigue siendo un misterio. Se necesitaba cierta fe ciega, y Jiri no la tenía. Ni yo se la pude dar. Me sustituyó por un monstruo obeso peor que los que aparecían en sus cuentos de hadas y fue a partir de entonces cuando el mundo cambió de forma para él, cuando, realmente, empezó a alejarse de su hogar.
No ayudó nada el hecho de que empezara a sacar mejores notas en la escuela y que hiciera más amigos. Por mucho que le hubieran disgustado sus nuevas costumbres, éstas eran, a todas luces, las correctas. Todo lo confirmaba. Y como quería, con razón, que todo saliera bien, se obligó a dominar las nuevas técnicas tan rápido como pudo. Y con la misma rapidez, nuestros maravillosos paseos se disiparon. Cuando le hablaba de nuestras paredes, él me miraba con pena y, más tarde, con desprecio, como si a mí me deleitase hablarle como a un bebé. Qué sabía yo? Sabía cuáles eran los efectos de la lluvia, del viento y del frío sobre la piedra? Cómo podían los objetos inanimados ser testigos de algo? Del mismo modo, los objetos curiosos que habíamos encontrado durante nuestros paseos perdieron su particular atractivo. Para empezar, se desecharon muchos de ellos porqué carecían de interés. Los que quedaron fueron divididos en categorías y clases y luego evaluados cada uno en su grupo. Ya no le interesaba una única mariposa (a pesar de que empezaban a escasear) o un árbol en particular, sino las mariposas y los árboles como especies y, más tarde, sus subdivisiones. Convirtió un mundo de innumerables objetos individuales en un patrón coherente y controlable y empezó a deleitarse en sus poderes, ajeno al holocausto que había perpetrado. Cuánto debió compadecerse de mí y de mi flácida mente!
Lo que más me dolió fue que un día se soltó de mi mano. Pude sentir su repugnancia. Para él, cogerme la mano era demasiado comprometido. Era falso. Estaba mal. Estuve a punto de llorar. Él no se percató, pues yo seguí charlando y fingí no haberme dado cuenta. No intenté cogerle de nuevo la mano, a la espera de que fuera él quien deslizase la suya en la mía, como un pajarillo que volviera al nido. Tal vez me equivoqué. Sólo tenía diez años, pero nuestras manos nunca más volvieron a tocarse.

Intenté que se interesara por nuestro álbum de fotos, mostrándole a su madre, a él cuando era un bebé, a los tres haciendo cosas sencillas pero maravillosas, como ir de excursión a la playa. No le interesaba. En cierta medida, lo consideraba un argumento poco convincente. Era aburrido y le faltaba fuerza. Además, le hacía sentirse incómodo. Yo, ni que decir tiene, me mostraba debidamente entusiasmado con sus crecientes logros, aunque por dentro me sintiera desesperado, pues a medida que su cuerpo y su reino exterior crecían y se hacían más fuertes, el dulce Jiri de antes, su reino interior se marchitaba, era destronado. Yo sabía que él percibía, de algún modo, aquella extraña disminución, aquella pérdida de su yo esencial, pero sus avances y sus proezas mentales compensaban su malestar. Desarrollaba teorías irrefutables sobre la personalidad y la vida. Ponerlas en duda era convertirte en su enemigo, reavivar una irritabilidad que acechaba constantemente justo debajo de su extraordinaria superficie.

Ahora, definitivamente, se ha ido, embarcado en una carrera acorde a sus esfuerzos y aptitudes. Me escribe de tanto en tanto, rara vez me visita. Apenas conozco a su mujer. Nunca he visto a sus hijos, ni sé lo que hace con ellos. Me odia, lo sé, porqué no lo he servido de mucha ayuda. Le he fallado. No importa lo que diga para elogiar su vida, él sabe que no lo digo de corazón. Bajo mi influjo, nunca será feliz ni triunfador. Sólo mi muerte lo liberará de algún modo. Estoy triste pero resignado. Después de todo, no soy un gigante dispuesto a librar una heroica batalla. Ningún padre lo es con su hijo. Estoy seguro de que, a veces, ecos de mi mundo resuenan en el suyo, probablemente cuando menos se lo espera y, en esos momentos, debe de encenderse de rabia, desesperarse ante su ignorancia e impotencia, despreciar profundamente mi miserable vida. No obstante, siempre le quedará una vía de escape, aunque lo esté matando.

Me quedan un número limitado de años y desagradables perspectivas. De vez en cuando, nuestra paredes aún me hablan. A menudo están en blanco y me devuelven una mirada opaca, como un verdugo. También está el álbum de fotos, mi eterno consuelo. De vez en cuando, revivo el vestido vaporoso y siento su diminuta mano en la mía, mientras una voz llena de asombro dice: "Mira, mira!" Y derramo unas lágrimas de absoluta felicidad. Por mi, por Jiri, por todo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Bajo las ruedas

Nada asusta tanto a los profesores como los fenómenos que surgen en el carácter de chicos desarrollados precozmente durante los años, de por sí peligrosos, de la adolescencia.Desde tiempos remotos se ha venido consolidando un profundo abismo entre el gremio de profesores y el genio. Cualquier atisbo de éste que aparezca en un colegio les resulta a los profesores de antemano odioso. Para ellos los geniales son esos chicos traviesos que les faltan al respeto, que empiezan a fumar a los catorce años, se enamoran con quince, van a las tabernas con dieciséis, leen libros prohibidos, escriben redacciones insolentes, miran de vez en cuando al profesor con sorna y acaban en el libro de clase, como rebeldes y candidatos a un arresto. Un maestro de escuela prefiere unos cuantos burros en su clase a un solo chico genial. Y en el fondo tiene razón, porque su deber no es formar espíritus extravagantes, sino buenos latinistas, matemáticos y hombres de provecho. La cuestión sobre quién de los dos sufre más y peores cosas del otro, si el profesor o el alumno, cuál de los dos es más tirano y más verdugo y cuál de los dos estropea y envilece en el otro partes enteras de su alma y su vida no se puede analizar sin pensar con ira y vergüenza en la propia juventud. Pero éste no es nuestro asunto, y tenemos el consuelo de que las heridas cicatrizan en los verdaderamente geniales que se convierten en hombres y crean sus grandes obras a pesar del colegio. Más tarde, cuando ya están muertos y rodeados del agradable nimbo de la lejanía, son presentados por los maestros a las nuevas generaciones como seres magníficos y ejemplares. Así se repite, de colegio en colegio, el espectáculo de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año. Y siempre suelen ser estos muchachos odiados por los profesores, castigados, escapados y expulsados los que enriquecen el tesoro de nuestro pueblo. Sin embargo, algunos —¿y quién sabe cuántos?— se consumen en una rebeldía silenciosa y acaban sucumbiendo.

jueves, 2 de agosto de 2012

El paseo

Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o en prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada.
En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mí pasear no es sólo sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia.

Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir. De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y a los ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Piense cómo el poeta ha de empobrecerse y fracasar de forma lamentable si la hermosa Naturaleza maternal y paternal e infantil no le refresca una y otra vez con la fuente de lo bueno y lo hermoso. Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizás un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña.
De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada. Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima cotidianeidad, y probablemente sabe. Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz.
Espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación y mala fama de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo. Sus múltiples estudios lo enriquecen y entretienen, lo calman y refinan y rozan a veces, pro improbable que pueda sonar, con la ciencia exacta, lo que nadie creería del en aparencia frívolo caminante.

Secreta y misteriosamente, siguen al paseante toda clase de hermosos y sutiles pensamientos de paseo, de tal modo que en medio de su celoso y atento caminar tiene que parar, detenerse y escuchar, que está cada vez más arrebatado y confundido por extrañas impresiones y por la hechicera fuerza del espíritu, y tiene la sensación de ir a undirse de pronto en la tierra o de que ante sus ojos deslumbrados y confusos de pensador y poeta se abre un abismo. La cabeza se le quiere caer, y los por lo demás tan vivos brazos y piernas están como petrificados. Paisaje y gente, sonidos y colores, rostros y figuras, nubes y sol giran como sombras a su alrededor, y ha de preguntarse: "Dónde estoy?". Tierra y cielo fluyen y se precipitan de golpe en una niebla relampagueante, brillante, apelotonada, imprecisa; el caos empieza, y los órdenes desaparecen. Trabajosamente, el conmocionado intenta mantener su sano conocimiento; lo consigue, y sigue paseando confiado.

domingo, 15 de julio de 2012

Cenital

Vosotros no queréis realidad, queréis tranquilidad. Ilusión de seguridad. Buen rollo y mucha fiesta. Que alguien se ocupe de que no sucedan cosas malas. Que os defiendan. Y que pongan fútbol, toros, cotilleos.
Queréis eso y vuelos de bajo coste que os hagan cruzar el charco a gran altitud y a más de trescientos kilómetros por hora. En el fondo sabéis que ni los ángeles os salvarían si se produjera un accidente en pleno crucero, pero os gusta que antes de despegar una azafata sueca os explique en cuatro idiomas dónde están las salidas de emergencia y cuál es la forma de proceder en caso de accidente. Y que os metan mascarillas de oxígeno y chalecos salvavidas bajo los asientos, como si os fueran a servir de algo. Ni tan siquiera os habéis dado cuenta de que la mayoría de esos chismes funciona como cabría esperar. Comprobadlo y veréis. Parecen salidos de uno de esos bazares chinos en los que todo vale un euro. Son puro atrezzo.
Queréis triple airbag en vuestro próximo coche de plástico coreano, pero nada de pensar en que eso no sirve de mucho yendo a la velocidad a la que os ponéis cuando os sueltan por la autopista. Queréis una póliza de seguros para la casa, otra a todo riesgo para el coche, otra para la salud y otra para que os sigan pagando cuando os quedéis sin empleo; pero lo cierto es que luego nunca hacéis todo lo necesario para mantener a buen recaudo el trabajo, el coche y la salud. Queréis la comida bien esterilizada y os estáis hinchando a comer carne mutante y verduras infestadas de pesticidas tóxicos que se acumulan en vuestro cuerpo. Queréis asumir riesgos y que las aseguradoras corran con ellos porqué para eso estáis pagando. Pero no os gusta pensar que las reclamaciones no resucitan a los muertos, no arreglan las vidas.

Todo es una ilusión de seguridad en vuestro mundo. Verificadlo. Echad cuentas. Aceptadlo. Id pensando en cómo van a sobrevivir los ciento veinte mil habitantes de la isla de Lanzarote cuando la desaladora de Lanzarote deje de recibir puntual el petrolero y medio que necesita para mantenerse en funcionamiento cada mes. Sumad todo el combustible que contienen todos los depósitos de los doscientos cincuenta millones de vehículos que componen el parque automovilístico norteamericano, os dará algo así como ochenta millones de barriles de petróleo en circulación. Teniendo en cuenta que la reserva energética de Estados Unidos es de apenas noventa millones de barriles de crudo, bastaría con cortarle accidentalmente al Tío Sam el suministro de combustible durante una semana para inmovilizar su flota de transporte y paralizar en el acto toda su economía, su producción y su ejército. Así de precario es todo.
Os gusta pensar que por mucho que las cosas se pongan feas, siempre habrá dinero para alguien dispuesto a trabajar, dinero que siempre tendrá valor para alguien dispuesto a vender, y que siempre habrá comida para comprar; en definitiva, que las cosas irán bien.

Ya no recordáis cómo de bien iban las cosas cuando los hombres eran hombres, las personas confiaban en sí mismas y se labraban su propia seguridad y su propio porvenir por sus propios medios.
Todavía podéis bajaros del mundo. Podéis ser autosuficientes, cultivar vuestra propia comida, construir vuestra propia casa, hacer vuestro propio jabón, pan, ropa, riqueza Podéis dejaros de pajas mentales y de teles de plasma que os tratan como si ya no os funcionara el cerebro, de interminables torres de oficinas en las que os jodéis la vida reordenando abstracciones ajenas, de terrorismos terroríficos que no hacen ni la mitad de muertos al año que vuestra queridas carreteras, de atentados supuestamente perpetrados por unos personajes sobre los que no entendéis nada. Podéis rechazar un mundo que pasa sus días pidiendo prestado para adquirir los valiosos recursos naturales y materias primas con los que luego produce ingentes montañas de basura. Mascotas electrónicas. Interiorismo impersonal. Sexo virtual. Cheques regalo. Realities irreales. Comida con la que enfermar.
Podéis retiraros a las montañas, volver a la tierra, abandonarlo todo antes de que sea demasiado tarde. Nosotros somos apenas media docena de individuos libres, quizás pronto seamos los primeros hombres libres de la era postindustrial. Estamos preparándonos para constituir nuestra propia comunidad al margen de la economía de mercado, al margen de la diámica energética actual.
Tú puedes unirte a nosotros. No nos importa si no tienes dinero o si eres absolutamente incapaz de valerte por ti mismo. Nos basta con que apuestes por nosotros. Te estamos esperando.

viernes, 2 de marzo de 2012

La mano invisible

Concluía que lo que devaluaba su profesión no era en verdad su trato cotidiano con la suciedad, sino lo mal pagado que estaba; en consecuencia, bastaría un sueldo mejor para normalizarlo, para convertirlo en un trabajo cualquiera, tan deseable o al menos tan aceptable como tantos otros; un sueldo mejor que además permitiese a una limpiadora resarcirse de tanto esfuerzo y tanto asco, curarse como se curan los demás: con comodidades, con satisfacciones, con descanso, con distracción, con escapadas de fin de semana para enterrar lo sucedido de lunes a viernes, con cenas en restaurantes para ser servido después de haber servido tanto, con vacaciones interesantes que salven un año entero, con hogares acogedores a los que regresar al final de la jornada, con placeres físicos pero también con placeres intelectuales, y con la educación necesaria para disfrutar de estos últimos; es decir, todos esos calmantes que cuestan dinero, y que hacen que a muchos les salgan las cuentas, les compense el esfuerzo, el cansancio, el malestar, el dolor incluso, a cambio de todo aquello y algo más: ahorros, cotizaciones, segundas viviendas e inversiones para asegurar una vejez de reposo y disfrute que haga admisibles cuarenta años de trabajo. El problema era que la cuenta en su caso no salía, los números no cuadraban, el sueldo era corto y obligaba a menudo a trabajar los fines de semana, no tenía vacaciones pagadas, vivía sin estrecheces pero tampoco holgada, y el futuro que veía por delante era el de su madre, con una pensión mínima tras tantos años sin cotizar, que le imponía seguir haciendo trabajos hasta donde su salud se lo permitiese. De modo que quedaba atrapada en su razonamiento, y concluía que su problema no era de dignidad sino de salario, lo que la reconciliaba en parte, desactivaba su acomplejamiento, pero al mismo tiempo la dejaba en el limbo de lo irresoluble. Así lleva años, dando vueltas a ese tipo de razonamientos, y aunque cree haber enfriado sus complejos y sus dudas, es algo que todavía hoy regresa a menudo, cuando por ejemplo va en el metro y frente a ella se sienta una mujer, y la reconoce, le ve las manos estropeadas, le ve la forma en que se masajea los hombros cansados, algo en la mirada que no sabe si es tristeza, amargura o sólo cansancio.

viernes, 27 de enero de 2012

Los muros absurdos

En ciertas situaciones responder "nada" a una pregunta sobre la naturaleza de sus pensamientos puede ser una finta en un hombre. Los amantes lo saben muy bien. Pero si esa respuesta es sincera, si traduce ese singular estado del alma en el cual el vacío se hace elocuente, en el que la cadena de los gestos cotidianos se rompe, en el cual el corazón busca en vano el eslabón que la reanuda, entonces es el primer signo de la absurdidad.

Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un día surge el "por qué" y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. "Comienza": esto es importante. La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inicia al mismo tiempo el movimiento de la conciencia. La despierta y provoca la continuación. La continuación es la vuelta inconsciente a la cadena o el despertar definitivo. Al final del despertar viene, con el tiempo, la consecuencia: suicidio o restablecimiento.

jueves, 26 de enero de 2012

El mundo como supermercado

La literatura puede con todo, se adapta a todo, escarba en la basura, lame las heridas de la infelicidad. Por eso fue posible que una poesía paradójica, de la angustia y de la opresión, naciera en medio de los hipermercados y de los edificios de oficinas. No es una poesía alegre; no puede serlo. La poesía moderna ya no aspira a construir una hipotética "casa del Ser", del mismo modo que la arquitectura moderna no aspira a construir lugares habitables; sería una tarea muy diferente de la que consiste en multiplicar las infraestructuras de circulación y de tratamiento de la información. La información, producto residual de la no permanencia, se opone al significado como el plasma al cristal; una sociedad que alcanza un grado de sobrecalentamiento no siempre implosiona, pero se muestra incapaz de generar un significado, ya que toda su energía está monopolizada por la descripción informativa de sus variaciones aleatorias. Sin embargo, cada individuo es capaz de producir en sí mismo una especie de revolución fría, situándose por un instante fuera del flujo informativo-publicitario. Es muy fácil de hacer; de hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una posición estética con relación al mundo: basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender literalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos.

domingo, 16 de octubre de 2011

El mundo en la agonía

EL MUNDO EN LA AGONÍA
El mundo en la agonía pertenece a esta tercera tendencia de la obra de Delibes. Es una reflexión sobre el sentido del auténtico progreso, sobre la necesidad de no destruir, bajo su invocación, elementos tan valiosos y bellos como el paisaje, las aguas, las especies animales y vegetales, las diversas formas de vida... Es un premonitorio grito de alarma y de angustia ante los peligros que se ciernen sobre la Naturaleza y la vida, pero también una llamada que apela a la conciencia moral universal. «Esta conciencia, que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud, justifica mi esperanza», dirá finalmente Delibes.

I
EL SENTIDO DEL PROGRESO DESDE MI OBRA
Debo reconocer que la elección de tema para mi discurso de ingreso a la Academia no me ha sido fácil. El carácter literario de la misma, me empujaba, casi fatalmente, en este sentido. Pero, ¿cómo meterme en literaturas ante un auditorio tan competente en esta materia? Estaba, por otra parte, la actitud de mis compañeros periodistas, después de mi elección, poniendo el acento en mi vocación campestre; «Un cazador a la Academia», «Del campo a la Academia», «Un cazador que escribe», fueron titulares frecuentes en diarios y revistas en aquella efemérides. ¿No estarían ellos, al sentar estas afirmaciones verdaderas, abriéndome el cauce por donde mis palabras deberían discurrir? ¿Por qué no traer a la Academia una de las preocupaciones fundamentales, si no la principal, que ha inspirado desde hace cinco lustros mi carrera de escritor? ¿No es mi concepto del progreso algo que está en palmaria contradicción con lo que viene entendiéndose por progreso en el mundo de nuestros días? ¿Por qué no aprovechar este acceso a tan alto auditorio para unir mi voz a la protesta contra la brutal agresión a la Naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología desbridada?
He aquí, en pocas palabras, la génesis de mi discurso de esta tarde. Cuando hace cinco lustros escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel, el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel, el Mochuelo, era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional. Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela Parábola del náufrago, donde el poder del dinero y la organización —quintaesencia de este progreso— termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad. En esta fábula venía a sintetizar mi más honda inquietud actual, inquietud que, humildemente, vengo a compartir con unos centenares — pocos— de naturalistas en el mundo entero. Para algunos de estos hombres la Humanidad no tiene sino una posibilidad de Supervivencia, según declararon en el Manifiesto de Roma: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre bases diferentes a las que hasta hoy han prevalecido. De no hacerlo así, consumaremos el suicidio colectivo en un plazo relativamente breve. Su razonamiento es simple. La industria se nutre de la Naturaleza, y la envenena y, al propio tiempo, propende a desarrollarse en complejos cada vez más amplios, con lo que día llegará en que la Naturaleza sea sacrificada a la tecnología. Pero si el hombre precisa de aquélla, es obvio que se impone un replanteamiento. Nace así el Manifiesto para la Supervivencia, un programa que, pese a sus ribetes utópicos, es a juicio de los firmantes la única alternativa que le queda al hombre contemporáneo. Según él, el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán el «desarrollo cero» y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradamente sin incurrir en sus errores de base. Esto no supondría renunciar a la técnica, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta. De esta manera, la actividad industrial no vendría dictada por la sed de poder de un capitalismo de Estado ni por la codicia veleidosa de una minoría de grandes capitalistas. Sería un servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarían de existir países imperialistas y países explotados. Y, simultáneamente, se procuraría armonizar Naturaleza y técnica de forma que ésta, aprovechando los desperdicios orgánicos, pudiera cerrar el ciclo de producción de manera racional y ordenada. Tales conquistas y tales frenos, de los cuales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores específicamente humanos.
Esto, señores académicos, es quizá, lo que yo intuía vagamente, al escribir mi novela El camino en 1949 cuando Daniel, mi pequeño héroe, se resistía a integrarse en una sociedad despersonalizadora, pretendidamente progresista, pero, en el fondo, de una mezquindad irrisoria. Y esta intuición, señores académicos, cuyos principios, auténticamente revolucionarios, acaban de ser formulados por un plantel respetable de sabios humanistas, es lo que indujo a algunos comentaristas a tachar de reaccionaria mi postura. Han sido suficientes cinco lustros para demostrar lo contrario, esto es, que el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre- naturaleza en un plano de concordia.
He aquí mi credo y, por hacerlo comprender, vengo luchando desde hace veinticinco años. Pero, a la vista de estos postulados, ¿es serio afirmar que la actual orientación del progreso es la congruente? Si progresar, de acuerdo con el diccionario, es hacer adelantamiento en una materia, lo procedente es analizar si estos adelantamientos en una materia implican un retroceso en otras y valorar en qué medida lo que se avanza justifica lo que se sacrifica. El hombre, ciertamente, ha llegado a la Luna pero en su organización político-social continúa anclado en una ardua disyuntiva: la explotación del hombre por el hombre o la anulación del individuo por el Estado. En este sentido no hemos avanzado un paso. Los esfuerzos inconexos de algunos idealistas —Dubcek 1968 y Allende 1973— no han servido prácticamente de nada. A pesar de nuestros avances de todo orden, en política, la experimentación constituye un privilegio más de los fuertes. Perfil semejante, aún más negativo, nos ofrece el tan cacareado progreso económico y tecnológico. El hombre, arrullado en su confortabilidad, apenas se preocupa del entorno. La actitud del hombre contemporáneo se asemeja a la de aquellos tripulantes de un navío que, cansados de la angostura e incomodidad de sus camarotes, decidieran utilizar las cuadernas de la nave para ampliar aquéllos y amueblarlos suntuosamente. Es incontestable que, mediante esta actitud, sus particulares condiciones de vida mejorarían, pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Cuántas horas tardaría este buque en irse a pique —arrastrando a culpables e inocentes— una vez que esos tripulantes irresponsables hubieran destruido la arquitectura general de la nave para retinar sus propios compartimientos? He aquí la madre del cordero. Porque ahora que hemos visto suficientemente claro que nuestro barco se hunde —y a tratar de aclararlo un poco más aspiran mis palabras—, ¿no sería progresar el admitirlo y afrontar los oportunos remedios para evitarlo?
El hombre, obcecado por una pasión dominadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro. Pero, ¿cuál puede ser, presumiblemente, ese futuro? Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlo, una necedad. Pero sí cabe denunciar la dirección torpe y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso. Así, quede bien claro que cuando a lo largo de mis palabras de esta noche yo me refiera al progreso para ponerlo en tela de juicio o recusarlo, no es al progreso estabilizador y humano —y, en consecuencia, deseable— al que me refiero, sino al sentido que se obstinan en imprimir al progreso las sociedades llamadas civilizadas.

II
EL PROGRESO Y SUS EFECTOS DE CULATAZO
Todos estamos acordes en que la Ciencia aplicada a la tecnología ha cambiado, o seguramente sería mejor decir revolucionado, la vida moderna. En pocos años se ha demostrado que el ingenio del hombre, como sus necesidades, no tienen límites. El espíritu de invención y el refinamiento de lo inventado arrumban objetos que hace apenas tres o cuatro años nos parecían insuperables. En la actualidad disponemos de cosas que no ya nuestros abuelos, sino nuestros padres hace apenas cinco lustros ni hubieran podido imaginar. El cerebro humano camina muy de prisa en el conocimiento de su entorno. El control de las leyes físicas ha hecho posible un viejo sueño de la Humanidad: someter a la Naturaleza. No obstante, todo progreso, todo impulso hacia adelante comporta un retroceso, un paso atrás, lo que en términos cinegéticos, jerga que a mí me es muy cara, llamaríamos el culatazo. Y la física nos dice que este culatazo es tanto mayor cuanto más ambicioso sea el lanzamiento. Esto presupone que tanto la técnica como la química, como muchos remedios de botica, sabemos lo que quitan pero ignoramos lo que ponen, siquiera no se nos oculta que, en muchas ocasiones, el envés de aquéllas, sus aspectos negativos, se emparejan, cuando no superan, a los aspectos positivos. Pongamos por caso el DDT. Este descubrimiento alivió, como es sabido, a los soldados de la segunda guerra mundial de la plaga de los parásitos y, una vez firmada la paz, su aplicación en la lucha contra la malaria y otras enfermedades tropicales confirmó su eficacia. La Humanidad no ocultó su entusiasmo; al fin estaba en camino de encontrar la panacea, el remedio para sus males. Bastaron, sin embargo, unos pocos años para descubrir la contrapartida, esto es, los efectos del culatazo. Hoy, incluso los escolares de buena parte del mundo saben que este insecticida, en virtud de un proceso que ya nos resulta familiar, se ha incorporado a los organismos animales sin excluir al hombre hasta el punto de que análisis de la leche de jóvenes madres efectuados por biólogos compañeros de mis propios hijos han demostrado que nuestros lactantes son amamantados, en proporción no desdeñable, con DDT. Los suecos, gente amante de las estadísticas, nos dicen que la leche de algunas mujeres de aquel país contiene un 70% más de insecticida que el nivel tolerado por la Salubridad Pública para la leche de vaca.
Algo semejante cabría decir de algunas conquistas técnicas encaminadas a satisfacer los viejos anhelos de ubicuidad del hombre: automóviles, aviones, cohetes interplanetarios. Tales invenciones aportan, sin duda, ventajas al dotar al hombre de un tiempo y una capacidad de maniobra impensables en su condición de bípedo, pero, ¿desconocemos, acaso, que un aparato supersónico que se desplaza de París a Nueva York consume durante las seis horas de vuelo una cantidad de oxígeno aproximada a la que, durante el mismo tiempo, necesitarían 25.000 personas para respirar? A la Humanidad ya no le sobra el oxígeno, pero es que, además, estos reactores desprenden por sus escapes infinidad de partículas que interfieren las radiaciones solares, hasta el punto de que un equipo de naturalistas desplazado durante medio año a una pequeña isla del Pacífico para estudiar el fenómeno, informó en 1970 al Congreso de Londres que, en el tiempo que llevaban en funcionamiento estos aviones, la acción del Sol —luminosa y calorífica— había decrecido aproximadamente en un 30%, con lo que, de no adoptarse el oportuno correctivo, no se descartaba la posibilidad de una nueva glaciación.
Pero ¿y la Medicina?, argüirán los optimistas. ¿También tiene usted alguna objeción que hacer al desarrollo de la Medicina? ¿No se ha doblado, en un breve lapso, el promedio de la vida humana? ¿No nos anuncian cada día los periódicos, con grandes titulares, nuevos triunfos sobre el dolor y la muerte? Esto es incontestable. He aquí un punto en el que negar el progreso sería negar la evidencia. Las conquistas de la Medicina y la Higiene en el último período histórico no sólo son plausibles sino pasmosas. Las enfermedades infecciosas han sido prácticamente erradicadas y se han conseguido notables progresos en aquellas otras de origen genético. Todo esto, repito, es incuestionable. Empero la contrapartida de estos éxitos también se da y, aunque parezca paradójico, deriva de su misma eficacia. La Medicina en el
último siglo ha funcionado muy bien, de tal forma que hoy nace mucha más gente de la que se muere. La demografía, entonces, ha estallado, se ha producido una explosión literalmente sensacional. A una población estancada hasta el siglo XVII en 600 ó 700 millones, ha sucedido un crecimiento lento pero inexorable, hasta conseguir, tras el descubrimiento de los antibióticos, doblarla en los últimos treinta años. Esto supone que, prescindiendo de posibles nuevos avances en este campo, y ateniéndonos al ritmo alcanzado, la población mundial se duplicará cada seis lustros, lo que equivale a decir que los 3.500 millones de personas de 1970 se convertirán en 56.000 antes de finalizar el siglo XXI, esto es, si no yerro en la cuenta, la población actual, más o menos, multiplicada por catorce. La pregunta irrumpe sin pedir paso: ¿va a dar para tantos la despensa? Si este progreso del que hoy nos jactamos no ha conseguido atenuar el hambre de dos tercios de nuestros semejantes, ¿qué se puede esperar el día, que muy bien pueden conocer nuestros nietos, en que por cada hombre actual haya catorce sobre la Tierra?
La Medicina ha cumplido con su deber, pero al posponer la hora de nuestra muerte, viene a agravar, sin quererlo, los problemas de nuestra vida. La Medicina, pese a sus esfuerzos, no ha conseguido cambiamos por dentro; nos ha hecho más pero no mejores. Estamos más juntos — y aún lo estaremos más— pero no más próximos.

III
EL SIGNO DEL PROGRESO: TODO TIENE SU PRECIO
Mas, para nuestra desgracia, no sólo el culatazo del progreso empaña la brillantez y eficacia de las conquistas de nuestra era. El progreso comporta —inevitablemente, a lo que se ve— una minimización del hombre. Errores de enfoque han venido a convertir al ser humano en una pieza más —e insignificante— de este ingente mecanismo que hemos montado. La tecnocracia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos. En el siglo de la tecnología, todo eso no es sino letra muerta. La idea de Dios, y aun toda aspiración espiritual, es borrada en las nuevas generaciones — seguramente porque la aceptación de estos principios no enalteció a las precedentes— mientras los estudios de Humanidades, por ceñirme a un punto concreto, sufren cada día, en todas partes, una nueva humillación. Es un hecho que las Facultades de Letras sobreviven en los países más adelantados con la migajas de un presupuesto que absorben casi íntegramente las Facultades y Escuelas técnicas. En este país se habla ahora de suprimir la literatura en los estudios básicos —olvidando que un pueblo sin literatura es un pueblo mudo— porque, al distraer unas horas al alumnado, distancia la consecución de unas cimas científicas que, conforme a los juicios de valor vigentes, resultan más rentables. Los carriles del progreso se montan, pues, sobre la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. Pero, ¿en qué consiste el bienestar? ¿Qué entiende el hombre contemporáneo por «estar bien»? En la respuesta a estas interrogantes no es fácil el acuerdo. Ello nos desplazaría, por otra parte, a ese otro complejo problema de la ocupación del ocio. Lo que no se presta a discusión es que el «estar bien» para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos, consiste, tanto a nivel comunitario como a niveles individuales, en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es posible «estar bien» en nuestros días. El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquieren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir, de tal modo que en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteligente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que nos son necesarios. Ante la oportunidad de multiplicar el dinero — insisto, a todos los niveles— los valores que algunos seres aún respetamos, son sacrificados sin vacilación. Entre la supervivencia de un bosque o una laguna y la erección de una industria poderosa, el hombre contemporáneo no se plantea problemas: optará por la segunda. Encarados a esta realidad, nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días.
Esta tendencia arrolladora del progreso se manifiesta en todos los terrenos. Yo recuerdo que allá por los años 50, un ridículo concepto de la moral llevó a este país a la proscripción de las playas mixtas y la imposición del albornoz en los baños públicos para preservar a los españoles del pecado. Se trataba de una moral pazguata y atormentada, de acuerdo, pero era la moral que oficialmente prevalecía. Fue suficiente, empero, el descubrimiento de que el desnudismo aportaba divisas para que se diera paso franco a la promiscuidad soleada y al «bikini». El dinero triunfaba también sobre la moral.
Y ¿qué decir de los trabajos rutinarios, embrutecedores, sobre los que se organiza hoy la gran industria? La eficacia, la producción espectacular —o, lo que es lo mismo, el dinero— se antepone igualmente a la integridad y la dignidad humanas. Fabricar un hombre es una actividad infinitamente más sencilla y agradable que fabricar un automóvil, con lo que nunca ha de faltar el recambio para un hombre inutilizado. Sobre esta base, nace y se extiende la fabricación en serie, en cadena, donde no cuentan más que los resultados. Las nobles advertencias de Charles Chaplin al respecto, en el primer tercio del siglo, es decir, cuando aún era tiempo de reflexión, quedaron como una obra de arte, sin ninguna trascendencia práctica. Así, paralelamente a la producción de cosas se iban produciendo frustraciones también en
cadena. La serie facilita una compensación pendular: si, por un lado, destruye al hombre al anular su amor por la obra bien hecha, por el otro, facilita la consecución de esa obra y esto, cerrar el ciclo, es lo que en definitiva interesa al orden económico de nuestro tiempo. El hecho de que la serie fabrique, de rechazo, hombres en serie y la cadena hombres encadenados, no nos desazona porque no interrumpe la marcha del progreso.
Simultáneamente, el desarrollo exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecanismo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a comprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas: «Este traje le enterrará a usted», «Tenga por seguro que esta tela no la gasta». Hoy no aspiramos a que ningún traje nos entierre, en primer lugar porque la sola idea de la muerte ya nos estremece y, en segundo, porque unas ropas vitalicias podrían provocar el gran colapso económico de nuestros días.
Con la superfluidad es, por tanto, la fungibilidad la nota característica de la moderna producción, porque, ¿qué sucedería el día que todos estuviéramos servidos de objetos perdurables? La gran crisis, primero y, después, el caos. Apremiados por esta exigencia, fabricamos, intencionadamente, telas para que se ajen, automóviles para que se estropeen, cuchillos para que se mellen, bombillas para que se fundan. Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos —en buena parte, innecesarios— y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado —grave sin duda— es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas. En rigor, ambas sociedades, la oriental y la occidental, no son fundamentalmente diferentes en este punto.
Aceptado lo antedicho, no parece gratuito afirmar que, salvo en unos millares de científicos y hombres sensibles repartidos por todo el mundo, el progreso se entiende hoy de manera análoga en todas partes. El desarrollo humano no es sino un proceso de decantación del materialismo sometido a una aceleración muy marcada en los últimos lustros. Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación en el hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría.

IV
EL DESEO DE DOMINACIÓN
Con el dinero —y, tal vez, incubada en él— hay, a mi entender, otra nota diferenciadora del progreso moderno: el deseo de sobresalir o, lo que viene a ser lo mismo, la ambición de poder. En este punto, la analogía del hombre con las aves en la llamada por los biólogos «jerarquía del picoteo», es patente. La aspiración de todo hombre es elevar su rango, anteponerse, no tanto acrecentando su cultura y sus facultades como amedrentando a su adversario o debilitándolo. La técnica se convierte así, no ya en una posibilidad de dinero, sino —lo que es más grave— en una posibilidad de dominación. De este modo, mientras entre los hombres se acentúa el espíritu de competencia, en la esfera internacional se plantea una cuestión de hegemonía que no se resuelve, como antaño, fabricando más espadas o más fusiles, sino buscando un arma que, llegado el caso, sea suficiente para arrasar al adversario —y, con él, a la Humanidad entera— en unas décimas de segundo. La cuestión de la supremacía no se establece ya en términos de prevalencia sino de aniquilamiento. Tal anhelo de dominación se manifiesta en las relaciones de individuo a individuo, de Estado a individuo y de Estado a Estado. ¿Cómo? Me limitaré a señalar tres extremos que son, para mí, por graves, los más representativos: 1.° Enervando al hombre desde arriba, despojándole del deseo de participar en la organización de la comunidad, dando así paso a unas autocracias que la manifiesta inhibición del hombre favorece. 2.° A nivel internacional, procurando la hegemonía a costa de convertir el noble deseo de paz, basado en la justicia y la libertad, en un equilibrio del terror. Y 3.°, encauzando la técnica hacia la fabricación de instrumentos que facilitan el allanamiento de la intimidad del hombre, o la esfera privada de las instituciones, con objeto de controlar a unos y otras.
La pedagogía universal consideró resuelto el problema de la infancia compaginando la instrucción y el deleite, aunándolos en una sola actividad. El juego instructivo o la instrucción amena hacían posible, armonizándolas, la formación y el entretenimiento de los niños, de manera que éstos «no diesen guerra», no alborotasen. Fue, quizá, nuestro Carlos III quien descubrió, con el célebre motín de Esquilache, que los adultos eran «como niños pequeños que lloran y protestan cuando se les limpia y asea». Desde entonces, mayor preocupación que hacer justicia ha sido para los gobernantes buscar la manera de entretener al pueblo para que no la pida, esto es, para que no alborote, para que «no dé guerra». El «pan y toros» ha tenido a lo largo de las edades de la Historia múltiples versiones. Pero he aquí que la era supertécnica ha venido a descubrir que también existen juguetes para entretener a los adultos y borrar de sus mentes cualquier idea de participación y responsabilidad. Es más, el ingenio de la técnica moderna descubre «el juguete» por antonomasia, merced al cual el pueblo no sólo no piensa, sino que incluso nos facilita la posibilidad de conducir su pensamiento, de hacerle pensar lo que nosotros queremos que piense. Así el interés por su juguete acaba por enervar en el hombre otros intereses superiores. La alienación se produce entonces como fenómeno general y masivo. Mas si esto, hasta cierto punto, es comprensible, no lo es, en cambio, que admitamos que esta inhibición se fomente desde arriba, mediante el control de este juguete, único alimento espiritual de un elevadísimo porcentaje de seres humanos. La difusión de consignas, la eliminación de la crítica, la exposición triunfalista de logros parciales o insignificantes y la misma publicidad subliminal, van moldeando el cerebro de millones de televidentes que, persuadidos de la bondad de un sistema, o simplemente fatigados, pero, en todo caso, incapacitados para pensar por su cuenta, terminan por hacer dejación de sus deberes cívicos, encomendando al Estado-Padre hasta las más pequeñas responsabilidades comunitarias. En este mismo sentido actúa la organización del trabajo a que antes aludía. La rutina laboral genera el gregarismo en los ocios, de forma que todos los hombres se procuran análogas distracciones y unos mismos estímulos, por lo general, no fecundadores, ni liberadores, ni enaltecedores de los valores del espíritu. El hombre, de esta manera, se despersonaliza y las comunidades degeneran en unas masas amorfas, sumisas, fácilmente controlables desde el poder concentrado en unas pocas manos. Es obvio que no en todo el mundo las circunstancias mencionadas operan con la misma intensidad pero, a mi juicio, sirven como exponentes de los riesgos lamentables que comporta la malintencionada explicación de la técnica a la política y la sociología.
La avidez de poder, a nivel internacional, desata aún mayores riesgos. La vieja carrera de armamentos ha cambiado de signo. Hoy, como he dicho, no es más fuerte quien más armas tiene sino quien las tiene mejores. El objetivo de los pueblos en competencia es acertar con un arma lo suficientemente eficaz como para resolver un conflicto en pocos minutos, aun poniendo en peligro la vida sobre el planeta. Tal arma está ya a disposición de seis o siete potencias y el resto de los países se limitan a procurar conseguirla o a observar, aterrados, los tira y afloja del juego político internacional, a conciencia de que un gesto mal interpretado o un simple error puede desencadenar la catástrofe. Se aducirá que la marcha hacia la paz es hoy más firme que hace diez años, pero como dice Marías no basta con que nadie quiera la guerra, si «se quiere poder hacerla». Porque, si bien se considera el problema, a la guerra fría de ayer ha sucedido una paz fría, casi más negativa que la situación anterior, ya que esta paz congelada demuestra nuestra incapacidad, o sea que, en vista de que una fraternidad cálida y universal parece fuera de nuestro alcance, nos resignamos a aceptar el miedo como garantía de supervivencia.
Pero los ingenios nucleares están ahí, fabricados por unos hombres y esperando ser utilizados contra otros hombres. La suprema aspiración de los humanos estriba en que sigan ahí, quietos, en los arsenales, es decir, que no lleguen a emplearse. Pero en este caso y aun en el más positivo de que se llegase a un acuerdo de desarme general y completo, ¿qué hacer con ellos?; ¿qué hacer con este elemento devastador cuidadosamente embotellado a lo largo de un cuarto de siglo? ¿Lanzarlo al mar? ¿Enterrarlo? ¿Es que desconocemos, acaso, las propiedades letales de los isótopos radiactivos? ¿No sabemos que el aire, el agua y la tierra contaminados envuelven un riesgo inmediato para la vida? En Hanford, estado de Washington, en las proximidades del río Columbia, hay enterrados 124 tanques de acero y hormigón, los cuales contienen más de 200 millones de litros de desechos radiactivos; cantidad que, al ritmo de crecimiento actual, puede multiplicarse por ciento en el año 2000. Estos tanques y sus posibles filtraciones son celosamente vigilados, pero a juicio de geólogos norteamericanos, tal vez bastaría un terremoto de las modestas proporciones del de 1918, conocido como «el terremoto de Corfú», para agrietar estos recipientes y liberar la radiactividad que contienen. Los efectos de esta avería, en opinión de científicos competentes, serían tan desastrosos como los que podría ocasionar una guerra nuclear en la que se empleasen todas las reservas atómicas actuales, ya que la radiactividad que almacena uno solo de estos tanques equivale, según Sheldon Novice, «a la producida por todas las armas nucleares probadas desde 1945». Ésta es nuestra situación en la paz atómica mediada la década de los setenta.
Mas con ser ésta la novedad más ruidosa, tampoco podemos olvidar la actividad de los pueblos por alcanzar la hegemonía en otros terrenos, como, por ejemplo, la guerra química y biológica. La bomba atómica, por más moderna, parece resumir la mayor posibilidad catastrófica que somos capaces de imaginar, pero no hay que olvidar la evolución de las armas bacteriológicas, cuyo almacenaje no ocupa lugar y su producción es infinitamente más barata que aquélla y está, por tanto, al alcance de los pueblos pobres. Según Milton Leitenkey, la potencia destructiva de estas armas equivale a la de las atómicas y el agente portador de la enfermedad puede viajar tan concentrado que, en muchos casos, son suficientes unos pocos gramos, estratégicamente distribuidos, para acabar con la población del mundo. Tenemos el caso de la psitacosis, donde los virus necesarios para destruir hasta el último rastro de vida caben en una docena de huevos de gallina, o el de la brucelosis-letal, resistente a toda vacuna, que puede concentrarse en una pasta, a razón de 2.500 millones de bacterias por gramo, en la seguridad de que bastarían cincuenta gramos para borrar al hombre del planeta. La técnica de la dispersión ha alcanzado asimismo un alto nivel de perfección y variedad: fumigaciones aéreas, disolución en las aguas de los ríos, formación de nubes artificiales mediante generadores o producción de insectos en masa. A este respecto, los japoneses, maestros en la
mecánica menuda, han llegado a producir diez litros de pulgas portadoras de microbios — alrededor de los treinta y cinco millones de individuos— en el breve plazo de un mes. Tampoco en este aspecto cabe descartar el accidente, ya que hace apenas seis años, al ser rociado con un organofosfato muy tóxico el campo de pruebas de Utah, por la aviación norteamericana, las partículas, arrastradas por un viento imprevisto, ocasionaron la muerte fulminante de los rebaños de ovejas que pastaban en las laderas de Skull y Rush. a cincuenta kilómetros de distancia.
Esto supone que el hombre se ha acomodado a vivir sobre un volcán. Pero «vivir sobre un volcán» era, hasta el día, una situación accidental, esto es, que se le imponía, no buscada por él. Lo insensato es que el evolucionado hombre del siglo XX haya encendido el volcán para después, tranquilamente, instalarse a vivir en sus faldas.
Un último extremo interesante, dentro de esta fiebre de dominación y poder que nos invade, es el incesante perfeccionamiento de instrumentos audiovisuales, escrutadores de la intimidad, que han venido a destruir la confianza en el hombre y a deteriorar seriamente su sensibilidad. En esta dirección, bien podemos asegurar que la técnica se ha pasado, de tal modo que muchas de sus consecuencias resultan ya irreversibles. El ansia de poder de unos hombres sobre otros, la obsesión de control de las palabras de los súbditos por parte de los gobiernos, hace tiempo que desbordaron resortes tan primarios como la censura de correspondencia y la intervención telefónica. Estos medios sin duda alguna corresponden a la prehistoria de las técnicas de intromisión audiovisuales. Recientes escándalos han evidenciado a qué increíble grado de perfección han llegado los mecanismos de espionaje. La revista El Correo de la Unesco denunciaba, no hace muchos meses, estos hechos como atentatorios contra la intimidad del hombre. Pero, yo me pregunto: ¿dispone el hombre de algún recurso contra esta carrera desenfrenada de la técnica, fuera del viejo y elemental recurso del pataleo? El hombre actual se sabe vigilado o, lo que quizá es peor, siente constantemente sobre sí la posibilidad de ser vigilado. En este punto, la técnica viene haciendo auténticas maravillas. La miniaturización de los ingenios, permite, por ejemplo, que un micrófono del tamaño de un grano de arroz colocado en la rendija de una puerta nos informe de lo que se habla detrás de ella. Mejor aún: un micrófono de contacto más chico que una nuez, adosado al exterior de una casa, puede registrar una conversación sostenida en el interior por las vibraciones del muro. Un telescopio, no más largo que un lapicero, conectado a una cámara fotográfica, es capaz de reproducir lo que estamos escribiendo en una cuartilla a cien metros de distancia, es decir, dos o tres veces la anchura de una calle normal. Mediante una bombilla de apariencia inocua pero emisora de rayos infrarrojos, es posible obtener fotografías en la oscuridad. Y basta una linternita no mayor que un alfiler para inspeccionar el contenido de una carta sin necesidad de violar el sobre.
Esta técnica, enlazada a la de las computadoras, haría posible, según El Correo de la Unesco, almacenar veinte folios de información sobre cada ser humano en apenas diez cintas de dos centímetros y medio de ancho por mil quinientos metros de longitud. O sea, basta una caja de cerillas para archivar datos de computadora que, de estar impresos, no cabrían en una catedral. El mismo Correo nos informa de que una empresa americana en liquidación por quiebra puso en venta tres millones de expedientes relativos a otros tantos ciudadanos, y un consorcio de aquel mismo país ha preparado, mediante computadoras, datos referentes a la situación económica de cien millones de personas, exactamente la mitad de la población.
Si agregamos a estos progresos la creciente difusión de las grabadoras, la utilización de técnicas de detección de mentiras, el lavado de cerebro, la publicidad subliminal, el refinamiento de los métodos de tortura, y el uso, cada día más extendido, de las evaluaciones psicofísiológicas de la personalidad, concluiremos que los mundos de pesadilla imaginados un día por Huxley y Orwell han sido prácticamente alcanzados. El afán de dominación del hombre sobre el hombre y de la organización sobre el hombre no se para en barras. Por otro lado, el vacío, cada día más profundo, entre la técnica y la ley, acrecienta nuestro desvalimiento al tiempo que aumenta el desasosiego y el miedo. La Unesco recomienda, es
verdad, a los Estados, la asunción de unas normas base para la formulación de un código internacional que proteja el derecho a la vida privada. Pero uno se pregunta, lleno de zozobra y ansiedad: ¿no serán los Estados los primeros interesados en tolerar tales aberraciones si el uso de las técnicas mencionadas viene a consolidar su autoridad y su poder? Y ante esta posibilidad estremecedora se abre la gran interrogante: ¿no se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?

V
LA NATURALEZA AGREDIDA
Esta sed insaciable de poder, de elevarse en la jerarquía del picoteo, que el hombre y las instituciones por él creadas manifiestan frente a otros hombres y otras instituciones, se hace especialmente ostensible en la Naturaleza. En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro. La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder, encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después». He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De este modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos. Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer, cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza y envía los detritus de su digestión a la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada. La novelista americana Mary McCarthy hace decir a Kant redivivo, en una de sus últimas novelas, que «la Naturaleza ha muerto». Evidentemente la novelista anticipa la defunción, pero, a juicio de notables naturalistas, tal vez no en mucho tiempo, ya que para los redactores del Manifiesto para la supervivencia, de no alterarse las tendencias del progreso «la destrucción de los sistemas de mantenimiento de la vida en este planeta será inevitable, posiblemente a finales de este siglo, y con toda seguridad, antes de que desaparezca la generación de nuestros hijos». Robert Heilbroner, algo más optimista, aplaza este día terrible, que ya ha dado en llamarse «el Día del Juicio Final», para dentro de unos siglos, en tanto Barry Commoner lo reduce a cinco lustros: «Aún es tiempo —dice éste—, quizá una generación, dentro del cual podamos salvar el medio ambiente de la violenta agresión que le hemos causado». Para Commoner, la década que estamos viviendo, la década de los 70, «es un plazo de gracia para corregir las incompatibilidades fundamentales», ya que, de no hacerlo así, en los tres lustros siguientes la Humanidad sucumbirá. A mi juicio, no importa tanto la inminencia del drama como la certidumbre, que casi nadie cuestiona, de que caminamos hacia él. Michel Bosquet dice, en Le Nouvel Observateur, que «a la Humanidad que ha necesitado treinta siglos para tomar impulso, apenas le quedan treinta años para frenar ante el precipicio».
Como se ve, el problema no es baladí. Lo expuesto no es un relato de ciencia-ficción, sino el punto de vista de unos científicos que han dedicado todo su esfuerzo al estudio de esta cuestión, la más compleja e importante, sin duda, que hoy aqueja a la Humanidad.
La Naturaleza ya está hecha, es así. Esto, en una era de constantes mutaciones, puede parecer una afirmación retrógrada. Mas, si bien se mira, únicamente es retrógrada en la apariencia. En mi obra El libro de la caza menor, hago notar que toda pretensión de mudar la Naturaleza es asentar en ella el artificio, y por tanto, desnaturalizarla, hacerla regresar. En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder. Empero, el hombre se obstina en mejorarla y se inmiscuye en el equilibrio ecológico, eliminando mosquitos, desecando lagunas o talando el revestimiento vegetal. En puridad, las relaciones del hombre con la Naturaleza, como las relaciones con otros hombres, siempre se han establecido a palos. La Historia de la Humanidad no ha sido otra cosa hasta el día que una sucesión incesante de guerras y talas de bosques. Y ya que, inexcusablemente, los hombres tenemos que servirnos de la Naturaleza, a lo que debemos aspirar es a no dejar huella, a que se «nos note» lo menos posible. Tal aspiración, por el momento, se aproxima a la pura quimera. El hombre contemporáneo está ensoberbecido; obstinado en demostrarse a sí mismo su superioridad, ni aun en el aspecto demoledor renuncia a su papel de protagonista. En esta cuestión, el hombre-supertécnico, armado de todas las armas, espoleado por un afán creciente de dominación, irrumpe en la Naturaleza, y actúa sobre ella en los dos sentidos citados, a cual más deplorable y desolador; desvalijándola y envileciéndola.

VI
LA NATURALEZA DESVALIJADA
La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, que acompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con la aparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en una hora y con el primer hombre que pone su pie en la Luna. Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planeta Tierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale a reconocer que cien mil millones de otras galaxias pueden albergar, cada una, cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, que puede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo del hombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma de conciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecida que quiera estar, siempre será limitada. Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinitud de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Merced al perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial. La advertencia de la Oficina de Minas de los Estados Unidos al respecto es sumamente precisa: las reservas mundiales de plomo, mercurio y platino pueden durar diez años; quince, las de estaño y cinc, veinticinco, más o menos, las de cobre, y las de hierro y petróleo apenas setenta. ¿Qué suponen estos plazos en la vida de la Humanidad? En rigor, algo tan insignificante que sobrecoge pensarlo. Pues bien, estos recursos, vitales para nuestra economía, se acaban y no son recuperables. ¿Qué hará nuestro flamante hombre industrial el día que los yacimientos de mercurio, plomo, cobre, cinc, estaño, hierro y petróleo se hayan agotado? Es difícil imaginarlo, pero por lo que atañe a este último —el oro negro— ya hemos podido vislumbrarlo en Europa durante la pequeña crisis de abastecimiento que estamos pasando. Una pregunta clave se impone, sin embargo: este consumo exagerado de recursos esenciales ¿es excesivo por exigencias normales de la industria o por una tendencia a la dilapidación que despierta el elevado nivel de vida de las sociedades evolucionadas? Por de pronto, hoy sabemos que Norteamérica, con sólo un 6 % de la población mundial, consume un 40 % del total del papel, un 36 % de combustibles fósiles y un 25 % del acero, mientras produce el 70 % de los desperdicios sólidos del mundo. Entre Europa y Estados Unidos, con un 16 % de la población mundial, devoran el 80 % de los recursos del globo limitados e irrecuperables. En lo atañedero a la agricultura ha llegado a afirmarse que los doscientos millones de americanos causan al planeta una destrucción pareja a la que podrían provocar, si existiesen, cinco mil millones de indios. Como puede observarse, gasto y daño van en razón directa con el grado de evolución.
Por mi parte puedo decir que mi estancia en los Estados Unidos, hace unos años, me abrumó, entre otras cosas, por el dispendio que observaba a mi alrededor. Con los excesos americanos, pensaba yo entonces, podrían salir de pobres varios países subdesarrollados. Diariamente, en las primeras horas de la mañana, llamaban mi atención los millares de poderosos automóviles de veinte o treinta caballos, desplazando cada uno a una sola persona a su lugar de trabajo. Daba la impresión de que los transportes colectivos, bien organizados y confortables, estaban allí de más. En otras palabras, cada americano malgastaba diariamente en acudir a su trabajo y en regresar de él treinta o cuarenta litros de gasolina. Tamaña frivolidad pude constatarla hace apenas nueve años. Pues bien, en tan breve plazo, este alegre y despreocupado derroche, si que con una importante corrección respecto al número de caballos, se ha trasladado a Europa y, más concretamente, a España. Los pies ya no sirven, en ninguna parte, dentro de ese mundo que hemos dado en llamar civilizado, para desplazarnos, sino para acelerar y desembragar. Como diría González Ruano, el hombre del siglo XX ha perdido la alegría de andar. Malgasta así, no sólo las riquezas naturales comunes, sino su dinero y su salud. Mas, ¿qué importancia tiene esto —se argumentará— frente al tiempo que se gana? Y yo me pregunto: ¿de veras gana algo con tales apremios el hombre contemporáneo? ¿No será más exacto afirmar que la mecanización le ha desquiciado? ¿No resulta obvio que el hombre protegido por unos cristales y una chapa de hierro, con un pedal en el pie derecho capaz de impulsarle a cien kilómetros a la hora, se torna duro, insolidario, hermético y agresivo? El gasto de combustibles fósiles, tiene, pues, sobre el gasto en sí, un elevado precio. La civilización, en sus últimas etapas, viene presidida por el signo de la prodigalidad. En treinta años hemos multiplicado por diez el consumo de petróleo. Damos la impresión de no querer enterarnos de que nuestra próspera industria y nuestra comodidad dependen de unas bolsas fósiles que antes de cien años se habrán agotado. El problema, en un próximo futuro, no radicará en hacer nuevas prospecciones y abrir nuevas calicatas. Un día no lejano, la Tierra dirá no a nuestras demandas. Eso sí, llegado el caso, el hombre podrá jactarse de una nueva proeza, en esta época de culto hacia las marcas: haberse bebido en un siglo una riqueza que tardó seiscientos millones de años en formarse.
Cabe una esperanza: la inseguridad de las previsiones en lo que se refiere a nuestras reservas. Pese a los modernos sistemas de prospección, son, en efecto, aleatorios los cálculos de nuestras disponibilidades de metales y combustibles. Amplias extensiones de África, Asia y Sudamérica están prácticamente inexploradas. Sin embargo, dado el ritmo de consumo, parece razonable pensar que, por muchas sorpresas que la geología puede depararnos, los plazos señalados más arriba tal vez no aumenten demasiado. En cualquier caso, augurar para el plomo y el mercurio una duración de medio siglo y de menos de uno para el estaño y el cinc, no es precisamente abrir para la Humanidad unas perspectivas halagüeñas.

VII
DISPARATES ECOLÓGICOS
Pero, quizá, más terminante que especular con el futuro sea analizar nuestro presente, esto es, los problemas que ya son problemas, es decir, que ya están aquí, cuales son la pesca marina y el papel. En este punto, es justo situar, junto a la irresponsable voracidad del consumo, el contumaz envenenamiento del medio de que luego me ocuparé. La Humanidad se resiste a embridar la técnica por la biología y así asistimos, frecuentemente, a auténticos disparates ecológicos, provocados por desconocimiento e imprevisión. La presa de Assuam, en Egipto, es un ejemplo ya tópico. De niños nos enseñaron que el limo que depositaban las avenidas primaverales en el valle del Nilo fertilizaba los campos, pero ignorábamos que, al mismo tiempo, fertilizaba las aguas del mar, en su estuario, hasta el punto de convertirlo en un sector privilegiado para la pesca de la sardina. Durante siglos, las sustancias nutricias que arrastraban las aguas hasta la desembocadura permitieron capturas espectaculares, de hasta quince y veinte mil toneladas anuales de pescado. Hoy, tras la pérdida de nutrientes provocada por la represa del agua, apenas se consiguen quinientas toneladas, o, lo que es lo mismo, el suculento banco de peces ha desaparecido. A estas torpezas, podemos añadir la rapacidad con que venimos actuando en medios que exigen, para pervivir, un tacto y una meticulosa reposición. Observemos lo que está sucediendo hoy, ahora mismo, en el famoso banco pesquero del Sahara. La riqueza y variedad de este retazo de mar, de más de doscientos mil kilómetros cuadrados de extensión, ha atraído cerca de cuatro mil embarcaciones de cien banderas distintas. El problema, salvo las dimensiones y el medio, es el mismo que el de la perdiz roja en Castilla la Vieja. Ni la perdiz castellana ni el besugo del banco sahariano pueden soportar esta presión. Así, las capturas en el mar del Sahara, según datos de Ángel Luis de la Calle, superan, el último año, el millón y cuarto de toneladas, cifra abultada que monta, con mucho, cualquier aspiración de rentabilidad razonable. Es manifiesto, pues, empleando un viejo y gráfico dicho, que estamos comiendo de lo vivo. A estas alturas, algunas especies —brecas, besugos— se han extinguido y otras muchas se encuentran en franca regresión. Para atajar este expolio insensato, únicamente cabe una ordenación internacional de la pesca, pero, ¿con qué autoridad contamos para este fin? Nuestros oceanógrafos consideran que la pesca mundial, no sólo en el banco del Sahara sino en todos los mares, ha desbordado con mucho la línea de recuperación o, como dice Lester Brown, dramáticamente, los «límites soportables».
Problema semejante es el del papel-prensa, tal vez el símbolo más expresivo de nuestra cultura. No hay papel. El papel se acaba. En estos días, los rotativos más importantes del globo reducen drásticamente el número de páginas. Las fábricas, empero, trabajan a tope, pero la demanda desborda la producción. Mas la escasez no se resuelve en un día, ya que aun dando por buena una rápida adaptación de ciertas industrias similares a la elaboración de papel-prensa, apenas conseguiremos aumentar la producción actual en un 1 %, cantidad manifiestamente inferior al déficit que hoy se acusa. La cuestión, entonces, no estriba en montar más fábricas, sino en alimentarlas, en plantar más árboles. Emmanuelle de Lesseps nos dice que un periódico de gran tirada se come diariamente seis hectáreas de bosque. Julio Senador, por su parte, advertía a principios de siglo, refiriéndose a Castilla, que cada árbol sacrificado era un nuevo paso hacia la miseria y la tiranía. Tal vez para obviar éstas, los japoneses, gentes de mucho ingenio, han dado en fabricar árboles de plástico para decorar sus campos y carreteras. Pero los árboles de plástico no tienen savia, no prestan cobijo a los pájaros, no facilitan madera, no crecen; en una palabra, no viven. Sin embargo, el árbol de plástico es, al parecer, más elástico que el de madera y reduce, por tanto, la gravedad de los accidentes de automóvil, hecho que indujo al gobierno francés, en 1973, a considerar la oferta nipona para instalarlos en sus autopistas. He aquí un símbolo ostensible del positivismo que, como una niebla pertinaz, nos va envolviendo. El hombre de hoy, antepone a la cultura, en sentido estricto, el goce material y, sobre todo, la seguridad. Pero si aceptamos como bueno el aserto de Senador, convendremos que nuestro mundo camina a marchas forzadas hacia la miseria y la tiranía. Las manchas forestales, el revestimiento vegetal de la Tierra, desaparecen. La vegetación arbórea es un estorbo. De 1882 a nuestros días más de un tercio de los bosques existentes en el mundo han sido destruidos. Dilatadas extensiones de Indonesia, el Congo y Kazahstan, ayer selvas impenetrables, ofrecen hoy al contemplador su monda desnudez. La Humanidad requiere pistas y cultivos y, ante esta urgencia, elimina aquello —los bosques— que, momentáneamente, no le es necesario para sobrevivir. El Dr. Piquet Carneiro, Presidente de la Fundación para la Conservación de la Naturaleza en el Brasil, ha denunciado a su gobierno que diariamente se derriban allí un millón de árboles con objeto de abrir las autopistas Perimetral Norte y Transamazónica, al norte y sur, respectivamente, del río Amazonas. No es preciso decir que sus voces de alarma contra estos tremendos arboricidios no encuentran eco. El primero vivir y luego filosofar se impone de nuevo. Por otra parte, la afrenta que los países atrasados infligen a la Naturaleza, está justificada. Porque, ¿qué razones morales podrán aducir los países industrializados para vetar el noble afán de los países necesitados para salir de un hambre de siglos?
Nos encontramos, pues, con que el saqueo de la Naturaleza, basado incluso en argumentos éticos, resulta por el momento irremediable. Occidente ha montado su prosperidad sobre el abastecimiento de materias primas de sus colonias y, una vez que éstas consiguen la autonomía, el viejo equilibrio se descompensa y se rompe. De aquí que, más que el gasto de metales y recursos no recuperables, a mí, personalmente y en líneas generales, me alarma el despilfarro de aquellos que pueden recuperarse y, sin embargo, no se recuperan. Gastar lo que no puede reponerse puede obedecer a una exigencia de un estadio de civilización voraz, que a nosotros mismos, sus autores, nos ha sorprendido, pero terminar con aquello que nos es imprescindible y cuyo final pudo preverse, revela un índice de rapacidad y desidia que dicen muy poco en favor de la escala de valores que rige en el mundo contemporáneo.

VIII
LA NATURALEZA ENVILECIDA
Pero, sin duda, tan imprudente como el despilfarro progresivo de nuestros recursos, es la disposición humana para ensuciar los que nos quedan, hasta el punto, en muchos casos, de hacerlos inservibles. Por este camino accedemos a una situación crítica: la actual complejidad técnica ya no nos permite utilizar unas cosas sin manchar otras. Esta actitud encierra un peligro inmediato, supuesto que a cambio de un poco más de comodidad, hemos degradado el medio ambiente. Aparece así la contaminación, vocablo que está en todas las bocas y en las primeras planas de todos los diarios, pero que todavía no ha servido para modificar sustancialmente nuestra conducta. La conciencia de este riesgo inspiró, no obstante, las Conferencias de París, de 1968, y de Londres, de 1970, y cristalizó en una serie de conclusiones bienintencionadas en el Congreso de Estocolmo de 1972. El hecho de que a esta última reunión asistieran representantes de ciento diez países indica que la preocupación se ha generalizado, pero, al propio tiempo, el que únicamente siete de ellos se avinieran a satisfacer una cuota para la constitución de un fondo de protección del medio, demuestra que dicha preocupación ni es profunda ni se considera vital por la inmensa mayoría de los gobiernos. De la contaminación se habla mucho, como digo, pero la amenaza que comporta, salvo en casos aislados, no cala, no empuja a la acción. Por el contrario, cada país, por su cuenta y riesgo, sigue soñando con incrementar la renta nacional bruta y el nivel de vida de sus habitantes. El problema se estanca, pues, en la pura retórica. Las palabras no concuerdan con los hechos: digo que quiero limpiar pero en realidad lo que hago es seguir ensuciando. Empero, algo hay aprovechable en este Congreso de Estocolmo: por primera vez se acepta que las posibilidades de regeneración del aire, la tierra y el agua, aunque grandes, no son ilimitadas; por primera vez se acepta la posibilidad de que nuestro mundo se vuelva inhabitable por obra del hombre.
El hombre, desde su origen, guiado por unas miras que pretenden ser prácticas, ha ido enmendando la plana a la Naturaleza y convirtiéndola en campo. El hombre, paso a paso, ha hecho su paisaje, amoldándolo a sus exigencias. Con esto, el campo ha seguido siendo campo pero ha dejado de ser Naturaleza. Mas, al seleccionar las plantas y animales que le son útiles, ha empobrecido la Naturaleza original, lo que equivale a decir que ha tomado una resolución precipitada por que el hombre sabe lo que es útil hoy pero ignora lo que le será útil mañana. Y el aceptar las especies actualmente útiles y desdeñar el resto supondría, según nos dice Faustino Cordón, sacrificar la friolera de un millón de especies animales y medio millón de especies vegetales, limitación inconcebible de un patrimonio que no podemos recrear y del que quizá dependieran los remedios para el hambre y la enfermedad de mañana. Así las cosas, y salvo muy contadas reservas, apenas queda en el mundo Naturaleza natural.
Pero podría parecer frivolidad dolemos de la desaparición de un paisaje —agravada últimamente por todo lo que una civilización primordialmente técnica trae consigo y por la burda inserción de lo urbano en lo rural— cuando ni siquiera somos capaces de mantener este paisaje domesticado en condiciones de habitabilidad aun a conciencia de que su degradación puede ser nuestra muerte. Durante los últimos años, el medio ambiente ha sido la víctima propiciatoria del progreso humano. Y, para mayor escarnio, la influencia del hombre se ha producido cuando menos trataba de influir en él, es decir, en la lucha frontal por producir ciertas alteraciones en el medio, el medio se ha resistido. Pongamos por caso, las tentativas rusas y americanas por modificar el clima, provocando la lluvia artificial, diluyendo la niebla o licuando el granizo. Estos proyectos, hasta el día, han tenido unos resultados muy cortos por no decir irrisorios; prácticamente han sido nulos. Los aviones siguen buscando un aeropuerto despejado para aterrizar cuando sobre el de destino se cierne la niebla, y las cosechas, periódicamente, se agostan por falta de agua o son arrasadas por la piedra sin que el hombre, pese a sus alardes técnicos, acierte a evitarlo. La influencia del hombre sobre el medio se ha producido, para mal, por vía indirecta, cuando ha pretendido forzar la producción de la tierra o multiplicar sus industrias o su velocidad en un nuevo intento por aumentar su confort y su nivel de vida. Es una vez más el culatazo del progreso. En este orden de cosas, el caso, ya citado, de los aviones a reacción es expresivo.
Otro tanto, aunque con un influjo más inmediato y palmario, podríamos decir de los gases de combustión expelidos por fábricas, calefacciones, automóviles, quemadores de basuras, etc., particularmente en las concentraciones industriales y las grandes ciudades. Esta contaminación, además de su nocividad sobre las vidas animal y vegetal, provoca serios trastornos en la salud humana, hecho especialmente patente en determinadas circunstancias meteorológicas. Lo ocurrido en el Valle del Mosa, Pensilvania y Londres, es sumamente ilustrativo a este respecto. Por su parte, Manuel Toharia, desde el diario Informaciones, nos dice que el Madrid de 1973 ha estado más cargado de contaminantes que el Madrid de 1972 en un quince o veinte por ciento. Hoy, a falta de datos concretos, podemos asegurar que la contaminación no tiende a disminuir, sino todo lo contrario. Y yo me pregunto:¿Hasta cuándo podrá soportar nuestra capital esta mefítica progresión?
Por otro lado, sin ningún título científico, sino como hombre de campo, como simple cazador, vengo observando en amplias zonas de la meseta castellana —riberas del Duero en las proximidades de Tordesillas, Benavente en Zamora, etc.— una regresión de la perdiz roja en aquellos puntos en que el secano va siendo sustituido por el regadío. ¿Es que son incompatibles la perdiz roja y el agua? Lo ignoro. Simple mente constato el fenómeno. Pero sí se me ocurre pensar si este decrecimiento no estará relacionado con los distintos tratamientos de la tierra. Veamos. Las siembras de secano en Castilla no son fumigadas con pesticidas o lo son en muy es casa medida, en tanto la huerta —las patatas, por ejemplo— lo es hasta seis y siete veces por temporada, dosis que van en aumento ante la progresiva resistencia del escarabajo a todo tipo de fármacos. Llegados a este punto, la apelación a las teorías de la naturalista americana Rachel Carson se impone. Esta señora relaciona la casi total desaparición del petirrojo y el pigargo de cabeza blanca o águila calva, en los Estados Unidos, con el abuso de pesticidas. En el mismo sentido discurren los informes de José Antonio Valverde, quien meses antes de la catástrofe ornitológica de Doñana, en setiembre del 73, observó que los nidos de aguiluchos laguneros y zampullines albergaban huevos sin cascarón, apenas protegidos por una débil membrana. Estas sospechas nos llevan, aun sin quererlo, a las experiencias de los doctores De Witt, Rudd y Wallace, cuyos resultados coinciden. De Witt ha criado codornices, incluyendo dosis crecientes de DDT en su dieta; los pájaros así alimentados no murieron y su puesta fue normal, pero contados de esos huevos dieron pollo y, de los nacidos, menos de la mitad sobrevivieron al quinto día de la eclosión. El doctor Rudd efectuó la misma experiencia con faisanes y, aquí, la puesta disminuyó a la mitad y, de los faisancitos nacidos, sólo una mínima parte lo hicieron en condiciones de viabilidad. Por su parte, los doctores Wallace y Bernard, que han experimentado con petirrojos, han llegado a conclusiones científicas dolorosas: elevadas concentraciones de pesticidas se almacenan en los testículos de los machos y los ovarios de las hembras, con lo que el veneno acumulado en la parte del huevo que alimenta el embrión es causa inmediata de su frustración y su muerte.
Entiendo que aplicar a nuestros campos los resultados de estas experiencias no constituye ningún disparate. Los plaguicidas podrán no afectar directamente a la integridad de las aves adultas —aunque esto dependerá, imagino, del grado de concentración— pero sí afecta, por lo que parece, a su reproducción. Y esto, que explica la desaparición del águila calva en los Estados Unidos, puede también explicar la casi total ausencia de perdices jóvenes en los regadíos castellanos, siquiera esta casualidad esté todavía, en cierto modo, por demostrar. Mas la sola sospecha ya es turbadora, con mayor motivo cuando sabemos que el futuro nos reclamará dosis de pesticidas cada vez más elevadas, ya que aunque los países desarrollados consigan fármacos menos persistentes pero más tóxicos que los actuales, los países pobres seguirán con los no degradables, cuya fabricación es más barata. De este modo se calcula que si Asia, África y Sudamérica aspiran a doblar su producción agrícola, las 120.000 toneladas métricas de pesticidas que hoy utilizan se convertirán, dada la mayor resistencia progresiva de los insectos a estas fumigaciones, en 720.000. Venimos a caer así en otra de las trampas biológicas de que habla Burnet al enfrentarnos con una disyuntiva extrema: no comer o envenenarnos.

IX
EL MAR SE MUERE
Este azote de la contaminación, que estoy tratando de concretar en unos ejemplos ilustrativos, asume tonalidades aún más sombrías en el mar, donde, por diversas vías —ríos, lluvias, barcos— confluyen todos los elementos contaminantes que el hombre ha puesto en circulación: residuos radiactivos, detergentes, petróleo, fosfatos, mercurio, plaguicidas, etc. Ciertamente las posibilidades de recuperación del mar son muy crecidas, pero a estas alturas del siglo XX, el hombre puede también vanagloriarse de haberlas rebasado. Se abre así una eventualidad patética: la de la posible muerte del mar, posibilidad no muy remota, puesto que algunos mares interiores bien puede afirmarse que han entrado en agonía. El Báltico, por ejemplo, donde desembocan doscientos ríos procedentes, casi todos, de países fuertemente industrializados, es un gigantesco pozo de infección. A estas alturas, infinidad de peces padecen tumores —el «tumor rojo» lo contraen un 75% de anguilas—, otros sufren repugnantes enfermedades de la piel y no pocos mueren tras una prolongada fase de ceguera, a causa de los residuos radiactivos de la central nuclear de Hmnö. Y todos los pescados de estas aguas, sin excepción, almacenan tales dosis de mercurio, DDT y PCB, que su in gestión resulta gravemente peligrosa para el hombre (no olvidemos que basta una dosis de 1.200 microgramos de mercurio para matar a un ser humano y la mitad para trastornarle gravemente su sistema nervioso). Resultan, pues, muy discretas y justificadas las advertencias del profe sor sueco Gunnel Westö de que no se coma pescado costero más allá de una vez por semana, ni azul de altura en raciones superiores a 150 gramos, y la circular del Ministerio Marítimo Polaco, en el sentido de que hay extensos sectores del mar Báltico donde la vida ha desaparecido, puesto que ni las bacterias, ni los microbios han podido soportar el grado de contaminación de aquellas aguas. Algo semejante podríamos decir de nuestro Mediterráneo, aunque los estudios verificados hasta el día no sean tan minuciosos.
Sería un error, sin embargo, imaginar que «la muerte del mar» es problema restringido a aguas interiores o a áreas alta mente industrializadas. Con una mayor o menor incidencia de contaminantes, el riesgo es general. El oceanógrafo Vital Aisar, que realizó hace pocos años un periplo alrededor del mundo, manifestó que durante más de un tercio de su viaje, no navegó sobre agua sino sobre petróleo. El petróleo —cuya extinción en la Tierra pronto deploraremos— se pierde en el mar en proporciones tan notables que ocasiona su asfixia, ya que la película de aceite que se extiende sobre su superficie impide la oxigenación del agua y la fotosíntesis, provocando la muerte de fauna y flora. Empero, este hecho únicamente se hace noticia de periódico cuando la derrama se produce de una vez y por accidente, como aconteció en 1967 con el petrolero Torrey Canyon originando la famosa «marea negra» que costó la vida a cien mil aves acuáticas. Pero si tenemos en cuenta que el Torrey Canyon desplazaba 118.000 toneladas y que hoy se construyen petroleros de 500.000 y se proyectan de 1.000.000 concluiremos que la vida en el mar pende de un hilo, supuesto que estas derramas accidentales serán cada vez mayores y a ellas habrá que añadir los vertimientos intencionados, procedentes de baldeos y limpieza de tanques, y otros ocasionales que, aunque sin tanta espectacularidad, vienen a representar anualmente lo que cuarenta o cincuenta Torrey Canyon. Y ante este problema, la esperanza de que quien descubrió el mal descubrirá el remedio es muy vaga y remota. Por de pronto, el uso de disolventes que se aplicó ya a la «marea negra» en Inglaterra, fue peor que la enfermedad. El profesor Eric Smith describe así el espectáculo de la costa después del tratamiento: «En la superficie del mar, grandes cantidades de diminutos flagelados habían muerto o estaban muriendo. Los huevos de las sardinas se desintegraban o se desarrollaban anormalmente. En las rocas nada quedaba, salvo espesas matas de algas, muertas o moribundas. La superficie de los escollos estaba totalmente vacía de animales, mientras en la base se apiñaba un verdadero cementerio de conchas». Todo esto confirma que hemos creado una técnica avanzadísima con objeto de perfeccionar el mundo y lo que estamos consiguiendo es destruirlo. El navegante Cousteau, después de un largo viaje por los océanos Atlántico, Pacífico e Indico, realizando frecuentes inmersiones,
declaraba en el Congreso de Londres que la vida submarina había disminuido en un treinta por ciento en los últimos quince años.
Mas el daño de la contaminación no es sólo directo. Sus efectos son muy complejos. Del Cañizo subraya la relación de la contaminación del medio y el hacinamiento con el desarrollo de ciertas afecciones psíquicas como la ansiedad, la angustia, la tensión, el erotismo y la agresividad. «Estadísticamente, dice, se ha demostrado que en una ciudad de 250.000 habitantes se asesina el doble, se viola el triple y se roba siete veces más que en un conjunto de pueblos pequeños que sumen los mismos 250.000 habitantes.» Esto ratifica la afirmación de Erich Fromm de que para conseguir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos. Y posiblemente, la cadena de males no se interrumpa aquí, puesto que del mismo modo que los contaminantes influyen en enfermedades degenerativas como el cáncer y la leucemia, según se ha demostrado, cabe que lo hagan también sobre ciertas enfermedades y malformaciones congénitas de las que se observa un incremento en nuestro tiempo. En cualquier caso, es obvio que las conquistas rutilantes de la técnica no bastan para ocultar sus miserias.
No desconozco, claro está, los esfuerzos recientes de algunos países para contrarrestar los efectos perniciosos de una mecanización desenfrenada. Los ejemplos de Londres al promulgar la Ley de Aire Puro de 1965 y la reunión de los países ribereños del Báltico en Gdansk el otoño de 1973 para intentar la recuperación biológica de este mar, son, sin duda, dignos de ser imitados. Pero las iniciativas aisladas significan poca cosa en este terreno. Los hombres debemos convencernos de que navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo. ¿De qué vale, pongo por caso, que Norteamérica instale depuradoras en sus fábricas de cemento si luego estimula la producción de las españolas — que no las tienen— para comprárselo más barato? ¿Qué adelantamos regulando la pesca de la ballena en acuerdos internacionales, si Rusia y Japón eluden el compromiso para aprovecharse de la cordura y la inhibición ajenas? ¿Qué sentido tienen las precauciones suecas con los vertimientos de sus papeleras, si las rusas llenan el mar Báltico de mercurio? ¿Qué podemos sacar, en fin, en limpio de la disposición americana proscribiendo el empleo del DDT, si al mismo tiempo envía sus excedentes a los países subdesarrollados aprecios de saldo? Mientras el respeto a los delicadísimos mecanismos ecológicos no sea actitud desinteresada y general, apenas adelantaremos un paso. En este juego participamos todos, pero nadie debe reservarse el derecho de hacer trampas. Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero. Únicamente empleando la inteligencia y la razón, podremos escapar de la amarga profecía de Roberto Rossellini cuando dice que «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte».

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MI OBRA Y EL SENTIDO DEL PROGRESO
A la vista de los papeles garrapateados por mí hasta el día no necesito decir que el actual sentido del progreso no me va, esto es, me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia. El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde, a todos los niveles, a un planteamiento competitivo. Bien mirado, el hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir y cada día parece más lejana la fecha en que seamos capaces de ir juntos a alguna parte. Se aducirá que soy pesimista, que el cuadro que presento es excesivamente tétrico y desolador, y que incluso ofrece unas tonalidades apocalípticas poco gratas. Tal vez sea así: es decir, puede que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, yo las veo de esa manera. Por si fuera poco, el programa regenerador del Club de Roma con su fórmula del «crecimiento cero» y el consiguiente retorno al artesanado y «a la mermelada de la abuelita», se me antoja, por el momento, utópico e inviable. Falta una autoridad universal para imponer estas normas. Y aunque la hubiera: ¿cómo aceptar que un gobierno planifique nuestra propia familia? ¿Sería justo decretar un alto en el desarrollo mundial cuando unos pueblos —los menos— lo tienen todo y otros pueblos —los más— viven en la miseria y la abyección más absolutas? Sin duda la puesta en marcha del programa restaurador del Club de Roma exigiría unos procesos de adaptación éticos, sociales, religiosos y políticos, que no pueden improvisarse. O sea, hoy por hoy, la Humanidad no está preparada para este salto. Algunas gentes, sin embargo, ante la repentina crisis de energía que padece el mundo, han hablado, con tanta desfachatez como ligereza, del fin de la era del consumismo. Esto, creo, es mucho predecir. El mundo se acopla a la nueva situación, acepta el paréntesis; eso es todo. Mas, mucho me temo que, salvadas las circunstancias que lo motivaron, la fiebre del consumo se despertará aún más voraz que antes de producirse. Cabe, claro está, que la crisis se prolongue, se haga endémica, y el hombre del siglo XX se vea forzado a alterar sus supuestos. Mas esta alteración se soportará como una calamidad, sin el menor espíritu de regeneración y enmienda. En este caso, la tensión llegará a hacerse insoportable. A mi entender, únicamente un hombre nuevo —humano, imaginativo, generoso— sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable. Lo que es evidente, como dice Alain Hervé, es que a estas alturas, si queremos conservar la vida, hay que cambiarla.
Pero a lo que iba, mi actitud ante el problema —actitud pesimista, insisto— no es nueva. Desde que tuve la mala ocurrencia de ponerme a escribir, me ha movido una obsesión antiprogreso, no porque la máquina me parezca mala en sí, sino por el lugar en que la hemos colocado con respecto al hombre. Entonces, mis palabras de esta noche no son sino la coronación de un largo proceso que viene clamando contra la deshumanización progresiva de la Sociedad y la agresión a la Naturaleza, resultados, ambos, de una misma actitud: la entronización de las cosas. Pero el hombre, nos guste o no, tiene sus raíces en la Naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia. Esto es lo que se trasluce, imagino, de mis literaturas y lo que quizá indujo a Torrente Ballester a afirmar que para mí «el pecado estaba en la ciudad y la virtud en el campo». En rigor, antes que menosprecio de corte y alabanza de aldea, en mis libros hay un rechazo de un progreso que envenena la corte e incita a abandonar la aldea. Desde mi atalaya castellana, o sea, desde mi personal experiencia, es esta problemática la que he tratado de reflejar en mis libros. Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble. Y la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje impersonalizado e insignificante.
En el primero de estos aspectos, ¿cuántos son los vocablos relacionados con la Naturaleza, que, ahora mismo, ya han caído en desuso y que, dentro de muy pocos años, no significarán nada para nadie y se transformarán en puras palabras enterradas en los diccionarios e ininteligibles para el «homo tecnologicus»? Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos. Creo que el mero hecho de que nuestro diccionario omita muchos nombres de pájaros y plantas de uso común entre el pueblo es suficientemente expresivo en este aspecto.
Y, por otro lado, ¿qué será de un paisaje sin hombres que en él habiten de continuo y que son los que le confieren realidad y sentido? A este respecto, Frederic Uhiman, refiriéndose a la creación de la reserva de Cevennes, escribe en Le Nouvel Observateur. «¿Qué interés tiene preservar la Naturaleza en un parque nacional si luego no se puede encontrar allí a los que, desde siempre, han vivido la intimidad de su país; si no se encuentra allí a los que saben dar su nombre a la montaña y que, al hacerlo, la dan vida? Cada vez que muere una palabra de patois, que desaparece un caserío solitario en pleno campo o que no hay nadie para repetir el gesto de los humildes, su vida, sus historias de caza y el mito viviente, entonces es la Humanidad entera la que pierde un poco de su savia y un poco más de su sabor». «El chopo del Elicio», «El Pozal de la Culebra» o «Los almendros del Ponciano», a que me refiero en mi relato Viejas historias de Castilla la Vieja, son, en efecto, un trozo de paisaje y de vida, imbricados el uno en la otra, como los trigales de Van Gogh o nuestra propia casa animada por la personalidad de cada uno de nosotros y enteramente distinta a todas las demás incluso en el más pequeño de los desconchones. Cada una de esas parcelas del paisaje alberga historias o mitos que son vida, han sido vivificados por el Elicio o el Ponciano y, a la vez, hablan a los demás; el día que pierdan su nombre, si es que subsisten todavía físicamente, no serán ya más que un chopo, unos almendros o un pozal reducidos al silencio, objetivados, muertos, no más significantes que cualquier otro árbol o rincón municipalmente establecido. Y este destino, como añade Uhlman, nos advierte inequívocamente de que nos estamos aproximando a uno más, y no el menos pavoroso, de los resultados de nuestra incontrolada tecnología: la pasión y muerte de la Naturaleza.
El éxodo rural, por lo demás, es un fenómeno universal e irremediable. Hoy nadie quiere parar en los pueblos porque los pueblos son el símbolo de la estrechez, el abandono y la miseria. Julio Senador advertía que el hombre puede perderse lo mismo por necesidad que por saturación. Lo que no imaginaba Senador es que nuestros reiterados errores pudieran llevarle a perderse por ambas cosas a la vez, al hacer tan invivible la aldea como la megápolis. Los hombres de la segunda era industrial no hemos acertado a establecer la relación Técnica- Naturaleza en términos de concordia y a la atracción inicial de aquélla concentrada en las grandes urbes, sucederá un movimiento de repliegue en el que el hombre buscará de nuevo su propia personalidad, cuando ya tal vez sea tarde porque la Naturaleza como tal habrá dejado de existir.
En esta tesitura, mis personajes se resisten, rechazan la masificación. Al presentárseles la dualidad Técnica-Naturaleza como dilema, optan resueltamente por esta que es, quizá, la última oportunidad de optar por el humanismo. Se trata de seres primarios, elementales, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo. En eso, tal vez, resida la última diferencia entre mi novela y la novela objetiva o behaviorista. Ramón Buckley ha interpretado bien mi obstinada oposición al gregarismo cuando afirma que en mis novelas yo me ocupo «del hombre como individuo y busco aquellos rasgos que hacen de cada persona un ser único, irrepetible». Es esta, quizá, la última razón que me ha empujado a los medios rurales para escoger los protagonistas de mis libros. La ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos. La gran ciudad es la excrecencia y, a la vez, el símbolo del actual progreso. De aquí que el Isidoro, protagonista de mi libro Viejas historias de Castilla la Vieja, la rechace y exalte la aldea como último reducto del individualismo: «Pero lo curioso —dice— es que allá, en América, no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "Allá, en mi pueblo, al cerdo lo matan así o asao". O bien: "Allá en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón"... Y empecé a darme cuenta entonces de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillos y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y, con los años, no quedaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro».
Esto ya expresa en mis personajes una actitud ante la vida y un desdén explícito por un desarrollo desintegrador y deshumanizador, el mismo que induce al Nini, el niño sabio de Las Ratas, a decir a Rosalino, el Encargado, que le presenta el carburador de un tractor averiado, «de eso no sé, señor Rosalino, eso es inventado». Esta respuesta displicente no envuelve un rechazo de la máquina, sino un rechazo de la máquina en cuanto obstáculo que se interpone entre los corazones de los hombres y entre el hombre y la Naturaleza. Mis personajes son conscientes, como lo soy yo, su creador, de que la máquina, por un error de medida, ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón. Así, cuando Juan Gualberto, el Barbas, protagonista de La caza de la perdiz roja, se dirige a su interlocutor, el cazador, y le dice: «Desengáñese, Jefe, los hombres de hoy no tienen paciencia. Si quieren ir a América, agarran el avión y se plantan en América en menos tiempo del que yo tardo en aparejar el macho para ir a Villagina. Y yo digo, si van con estas prisas, ¿cómo c... van a tener paciencia para buscar la perdiz, levantarla, cansarla y matarla luego, después de comerse un taco tranquilamente a la abrigada charlando de esto y de lo otro?», cuando el Barbas dice esto, repito, con su filosofía directa y socarrona, está exaltando lo natural frente al artificio avasallador de la técnica, está condenando los apremios contemporáneos, el automatismo y la falta de comunicación. En una palabra, está rechazando una torpe idea de progreso que, para empezar, ha dejado su pueblo deshabitado. El Barbas, como el resto de mis personajes, buscan asideros estables y creen encontrarlos en la Naturaleza. El viejo Isidoro regresa de América con la ilusión obsesiva de encontrar su pueblo como lo dejó. A su modo, intuye que el verdadero progresismo ante la Naturaleza, como dice Aquilino Duque, es el conservadurismo. En rigor, una constante de mis personajes urbanos es el retorno al origen, a las raíces, particularmente en momentos de crisis: Pedro, protagonista de La sombra del ciprés, refugia en el mar su misoginia; Sebastián, de Aún es de día, escapa al campo para ordenar sus reflexiones; Sisí, el hijo de Cecilio Rubes, descubre en la Naturaleza el sentido de la vida; a la Desi, la criada analfabeta de La Hoja Roja, la persigue su infancia rural corno la propia sombra... Esta actitud se hace pasión en Lorenzo, cazador y emigrante, quien en un rapto de exaltación, ante el anuncio de una nueva primavera, escribe en su Diario: «El campo estaba hermoso con los trigos apuntados. En la coquina de la ribera había ya chiribitas y matacandiles tempranos. Una ganga vino a tirarse a la salina y viró al guiparnos. Volaba tan reposada que la vi a la perfección el collarón rojo y las timoneras picudas... Era un espectáculo. Así, como nosotros, debió de sentirse Dios al terminar de crear el mundo».
Mis personajes hablan poco, cierto, son más contemplativos que locuaces, pero antes que como recurso para conservar su individualismo, como dice Buckley, es por escepticismo, porque han comprendido que a fuerza de degradar el lenguaje lo hemos inutilizado para entendernos. De ahí que el Ratero se exprese por monosílabos; Menchu en un monólogo interminable, absolutamente vacío; y Jacinto San José trate de inventar un idioma que lo eleve sobre la mediocridad circundante y evite su aislamiento. Mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineluctablemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles. Y aunque un día llegue a ofrecerles un poco de piedad organizada, una ayuda —no ya en cuanto semejantes sino en cuanto perturbadores de su plácida digestión— siempre estará ausente de ella el calor. «El hombre es un ser vivo en equilibrio con los demás seres vivos», ha dicho Faustino Cordón. Y así debiera ser, pero nosotros, nuestro progreso despiadado, ha roto este equilibrio con otros seres y de unos hombres con otros hombres. De esta manera son muchas las criaturas y pueblos que, por expresa renuncia o porque no pudieron, han dejado pasar el tren de la abundancia y han quedado marginados. Son seres humillados y ofendidos —la Desi, el viejo Eloy, el tío Ratero,el Barbas, Pacífico, Sebastián...— que inútilmente esperan, aquí en la Tierra, algo de un Dios eternamente mudo y de un prójimo cada día más remoto. Estas victimas de un desarrollo tecnológico implacable, buscan en vano un hombro donde apoyarse, un corazón amigo, un calor, para constatar, a la postre, como el viejo Eloy de La Hoja Roja, que «el hombre al meter el calor en un tubo creyó haber resuelto el problema pero, en realidad, no hizo sino crearlo porque era inconcebible un fuego sin humo y de esta manera la comunidad se había roto».
Seguramente esta estimación de la sociedad en que vivimos es lo que ha motivado a Francisco Umbral y Eugenio de Nora a atribuir a mis escritos un sentido moral. Y, en verdad, es este sentido moral lo único que se me ocurre oponer, como medida de urgencia, a un progreso cifrado en el constante aumento del nivel de vida. A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo, y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la Naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. Esta conciencia moral Universal, fue, por encima del dinero y de los intereses políticos, la que detuvo la intervención americana en el Vietnam y la que viene exigiendo juego limpio en no pocos lugares de la Tierra. Esta conciencia, que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud, que ha heredado un mundo sucio en no pocos aspectos, justifica mi esperanza. Muchos jóvenes del este y del oeste reclaman hoy un mundo más puro, seguramente, como dice Burnet, por ser ellos la primera generación con DDT en la sangre y estroncio 90 en sus huesos.
Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: «¡Que paren la Tierra, quiero apearme!»
 
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