martes, 17 de junio de 2008

los girasoles ciegos

El niño está enfermo. Casi no se mueve. He matado la vaca y le estoy dando su sangre. Pero apenas logra tragar algo. He hervido trozos de carne y huesos hasta hacer un caldo espeso y oscuro. Se lo estoy dando disuelto en agua de nieve. todo huele, otra vez, a muerte.
Está muy caliente, ahora escribo con él en mi regazo y duerme. ¡Cuánto le quiero! Le he cantado una canción triste de Federico

Llanto de una calavera
que espera un beso de oro
(Fuera viento sombrio
y estrellas turbias)

Ya no recuerdo los poemas que recitaba a los soldados. Con el hambre lo primero que muere es la memoria. No logro escribir un solo verso y , sin embargo, en mi cabeza resuenan mil nanas para mi hijo. Todas tienen la misma letra. Elena.
Hoy le he besado. Por primera vez le he besado. Se me habian olvidado mis labios de no usarlos. ¿qué habrá sentido él ante el primer contacto con el frío? Es terrible, pero debe de tener ya tres o cuatro mes y nadie le había besado hasta hoy. Él y yo sabemos qué largo es el tiempo sin un beso y ahora, probablemente, no nos quede suficiente para resacirnos. El miedo, el frio, el hambre, la rabia y la soledad desalojan la ternura. Sólo regresa como un cuervo cuando olisquea el amor y la muerte. Y ahora ha regresado confundida. Olfatea ambas cosas. ¿Hay ternuras blancas y ternuras negras? Elena ¿de qué color era tu ternura? Ya no lo recuerdo, ni siquiera sé si lo que siento es pena.

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