domingo, 13 de julio de 2008

El Extranjero

No había sido feliz con su mujer, pero, en conjunto, se había acostumbrado a ella.
Cuando murió se había sentido muy solo. Entonces había pedido un perro a un camarada del taller y había recibido aquél, apenas recién nacido. Había tenido que alimentarlo con mamadera. Pero como un pero vive menos que un hombre, habían concluido por ser viejos al mismo tiempo. "Tenía mal carácter", me dijo Salamano. "De vez en cuando nos tomábamos del pico. Pero a pesar de todo era un buen perro". Dije que era de buena raza y Salamano se mostró satisfecho. " Y eso", agrego, "que usted no lo conoció antes de la enfermedad. El pelo era lo mejor que tenía". Todas las tardes y todas las mañanas, desde que el perro tuvo aquella enfermedad de la piel, Salamano le ponía una pomada. Pero según él su verdadera enfermedad era la vejez, y la vejez no se cura.

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