domingo, 27 de septiembre de 2009

El pueblo en la cara

Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.

El día que me largué, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro y,
al besarlas en la frente, la Clara, que sólo dormía con un ojo y me miraba con
el otro, azul, patéticamente inmóvil, rebulló y los muelles chirriaron, como si
también quisieran despedirme. A Padre no le dije nada, ni hice por verle,
porque me había advertido: «Si te marchas, hazte la idea de que no me has
conocido». Y yo me hice la idea desde el principio y amén. Y después de
toparme con el Aniano, bajo el chopo del Elicio, tomé el camino de Pozal de la
Culebra, con el hato al hombro y charlando con el Cosario de cosas
insustanciales, porque en mi pueblo no se da demasiada importancia a las
cosas y si uno se va, ya volverá; si uno enferma, ya sanará; y si no sana, que
se muera y que le entierren. Después de todo, el pueblo permanece y algo
queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos. En las ciudades
se muere uno del todo; en los pueblos, no; y la carne y los huesos de uno se
hacen tierra, y si los trigos y las cebadas, los cuervos y las urracas medran y se
reproducen es porque uno les dio su sangre y su calor y nada más.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Publica, que llevamos ya un tiempo sin alimento para el alma, yo no se donde lo buscas pero das de comer a mucha gente.

Anónimo dijo...

a muchos peones que estamos en la casilla de al lado.

 
Clicky Web Analytics