miércoles, 5 de octubre de 2011

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Cualquier cosa puede activar el recuerdo. Los olores, por ejemplo. El olor de un detergente. Cuando visitábamos a nuestro padre en la planta de cuidados intensivos siempre se respiraba el mismo olor, la fragancia de un detergente. Después de pasados unos cuantos años, percibí el mismo olor en los servicios de un restaurante de Bilbao. Entonces, el olor me trajo una frase a la memoria de manera instantánea: «No merece la pena volver a operar.» La había dicho el cirujano. Cuando nos dijo esa dura frase, yo estaba sintiendo el olor de ese detergente.

El 21 de setiembre debían hacerle la prueba a nuestro padre. Llevaba diecinueve días en la unidad de cuidados intensivos. Como lo visitábamos a diario, parecía como si se nos olvidara la gravedad de su estado. Pero veíamos que a los pacientes operados de corazón, tras estar gravísimos, los bajaban a planta al cabo de unos días. Nuestro padre, en cambio, ahí seguía, ni mejor ni peor. Y eso preocupaba al médico.

Mal que no mejora, empeora.

La prueba era muy sencilla: tenía que comer un yogur. Hasta entonces no había probado sólidos. Los médicos le comunicaron que, si comía el yogur y el páncreas respondía bien, lo bajarían a planta al día siguiente. Estaba muy ilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, llamaron a casa del hospital. El páncreas había comenzado a sangrar. Había que operarle. A vida o muerte.

Nuestra madre y la tía Margarita se despidieron de él antes de entrar en el quirófano, diciéndole que todo iba a salir bien. Cuando lo pusieron en la camilla cantaron los tres la canción infantil Ama Santa Inés, que se cantaba a los niños para que no tuvieran pesadillas.

Ama Santa Inés,
bart egin dot amets.
Ona bada,
bixon partez.
Txarra bada,
doala bere bidez.

(Madre Santa Inés,
anoche soñé.
Si es un buen sueño,
que sea para los dos.
Si es malo,
que se vaya por su camino.)

Mi padre no volvió a despertar.
Únicamente he soñado con mi padre una vez desde que no está. Fue al poco de morir. Se murió un día de viento sur, el 28 de octubre de 1999, después de un mes en coma.

En el sueño iba al puerto, como de costumbre, a buscarlo. Como hacíamos cada vez que regresaba el Toki-Argia. Pero mientras avanzaba por el muelle en busca del barco, algo me indicaba que ese puerto no era el de siempre, que sucedía algo raro.
Por fin encontraba a mi padre. Me estaba esperando junto al Toki-Argia, nervioso. Al verme se tranquilizaba.
«¿Estáis todos bien?», me preguntaba preocupado. Se le notaba inquieto porque nos había dejado solos.
«Sí, estamos bien», le respondía yo.

Suspiraba. Luego, nos abrazábamos y él subía de nuevo al barco. Era un largo y sentido abrazo.
Ahí acabó el sueño. Desde entonces no he vuelto a soñar con él. Aquel abrazo fue nuestra despedida, el abrazo que nunca nos dimos en vida.

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