sábado, 8 de octubre de 2011

el grito silencioso

Al despertarme en la oscuridad que precede al amanecer, persigo el sentido ardiente de la esperanza, busco a tientas los restos del sueño amargo que persisten en mi conciencia. El tanteo esperanzado de los inquietos sentimientos sigue buscando, inútilmente, el revivir cierto de la efusión de la ardiente esperanza en lo más recóndito de mi cuerpo, como si fuera la sensación de su existencia que deja el whisky cuando baja quemándote hasta las entrañas. Cierro los dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacia la luz. Con resignación, vuevlo a cargar así con un cuerpo pesado que se siente como si no tuviera continuidad, densamente dolorido por doquier. Dormía con los brazos y las piernas retorcidos, en la actitud de quien no desea saber de sí, ni acordarse de su situación.
Al despertarme, siempre busco ansioso el sentimiento de la ardiente esperanza perdida. No es un sentimiento de carencia, sino un anhelo positivo de esperanza ardiente en sí. Al comprender que no me es posible encontrarla, trato de desligarme hacia la pendiente del segundo sueño. ¡Duerme, duerme, el mundo no existe! Sin embargo, esta mañana el veneno es extremadamente fuerte, lacera todo mi cuerpo, corta mi retirada hacia el sueño. El pánico pugna por brotar a borbotones.

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