viernes, 2 de marzo de 2012

La mano invisible

Concluía que lo que devaluaba su profesión no era en verdad su trato cotidiano con la suciedad, sino lo mal pagado que estaba; en consecuencia, bastaría un sueldo mejor para normalizarlo, para convertirlo en un trabajo cualquiera, tan deseable o al menos tan aceptable como tantos otros; un sueldo mejor que además permitiese a una limpiadora resarcirse de tanto esfuerzo y tanto asco, curarse como se curan los demás: con comodidades, con satisfacciones, con descanso, con distracción, con escapadas de fin de semana para enterrar lo sucedido de lunes a viernes, con cenas en restaurantes para ser servido después de haber servido tanto, con vacaciones interesantes que salven un año entero, con hogares acogedores a los que regresar al final de la jornada, con placeres físicos pero también con placeres intelectuales, y con la educación necesaria para disfrutar de estos últimos; es decir, todos esos calmantes que cuestan dinero, y que hacen que a muchos les salgan las cuentas, les compense el esfuerzo, el cansancio, el malestar, el dolor incluso, a cambio de todo aquello y algo más: ahorros, cotizaciones, segundas viviendas e inversiones para asegurar una vejez de reposo y disfrute que haga admisibles cuarenta años de trabajo. El problema era que la cuenta en su caso no salía, los números no cuadraban, el sueldo era corto y obligaba a menudo a trabajar los fines de semana, no tenía vacaciones pagadas, vivía sin estrecheces pero tampoco holgada, y el futuro que veía por delante era el de su madre, con una pensión mínima tras tantos años sin cotizar, que le imponía seguir haciendo trabajos hasta donde su salud se lo permitiese. De modo que quedaba atrapada en su razonamiento, y concluía que su problema no era de dignidad sino de salario, lo que la reconciliaba en parte, desactivaba su acomplejamiento, pero al mismo tiempo la dejaba en el limbo de lo irresoluble. Así lleva años, dando vueltas a ese tipo de razonamientos, y aunque cree haber enfriado sus complejos y sus dudas, es algo que todavía hoy regresa a menudo, cuando por ejemplo va en el metro y frente a ella se sienta una mujer, y la reconoce, le ve las manos estropeadas, le ve la forma en que se masajea los hombros cansados, algo en la mirada que no sabe si es tristeza, amargura o sólo cansancio.

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