sábado, 16 de marzo de 2013

por dónde se sale?

Habiendo descubierto tarde que todo lo que tengo para vender es mí tiempo, he readquirido mis derechos y aquí estoy: ¡emancipada! Podría ganar más dinero, pero todo lo que podría comprar con él serían cosas. En cierto momento durante el año pasado descubrimos que poseíamos siete radios a transistores; ¡ahí fue cuando percibimos la podredumbre! De modo que me abrí… bueno, sólo un poquito, pero desde la tarde del miércoles a la mañana del lunes, el tiempo es todo mío.

La primera semana ha sido arrolladora. Pasé horas mirando por la ventana los cambios en el cielo. Desde la cumbre de nuestra colina hay otro mundo entero para mi exploración, y cuando el crepúsculo morado se escurre detrás de los fantasmas de cemento de Santa Mónica, es puro deleite. He conversado con amigos, llegando sin anunciarme, tirándome en el piso, frotando mis mejillas contra las alfombras, oyendo sus discos, comiendo su comida, compartiendo sus fantasías y nunca me pregunté si debiera estar en alguna otra parte.

No sé por qué me dejé estar tanto tiempo, gastando mis días como moneda desvalorizada, despertándome todavía dormida, durmiéndome mientras todavía soñaba, partiendo, en la oscuridad a la mañana, escurriéndome hacia casa en la oscuridad del anochecer, el sol y el aire del día tan remotos como los informes meteorológicos para los estados del Este y de y de la Costa. ¿Qué quería yo, que comerciaba tan ligeramente con mi tiempo: era otro coche u otro poquito de ropa o números grandes en los talones de los cheques? Debo haberme perdido en alguna parte en las islas de mármol de los negocios, debo haber quedado atrapada en las letras de molde del pago a término y ni siquiera conozco a alguien llamado Jones. Pero nunca más, nunca más, nunca más.

Ser libre está muy lleno de obligaciones. Ahora hay tiempo para hacer todas las cosas que yo decía que la falta de tiempo no me permitía, Tiempo para trabajar y para realizarse en el trabajo, para modelar, para forma a la figura de los días, tiempo para hablar y escuchar en la misma ocasión. Tiempo para ver dónde estoy, dejando sin determinar la meta enceguecedora, tiempo para notar cada detalle. ¡Mi Dios, hasta tiempo para caminar!

He manejado a lo largo de las mismas calles día tras día sin ver nunca otra cosa que el tránsito que estorba o los malditos peatones. Pero cuando hago el mismo camino a pie veo tantas maravillas, tantas cosas admirables. Algunas ventanas dicen todo acerca de su dueño. Las antiguas cortinas semicorridas, de papel amarillento y manchado, las pálidas cortinas lavadas, el diario doblado en el antepecho. Detrás del ejército de blanquísimas cortinas de los departamentos de Hollywood hay metros de alfombras blanquísimas y miles de personas sentadas ante mesas de fórmica comiendo arroz a la española, instantáneo, en platos de papel para fiestas. Tienen baños con diseños en colores, delfines dorados sostienen su jabón para la cara y en sus axilas crecen signos dólar en vez de pelos.

Hay casas de madera pintada donde generaciones enteras viven en la luz azul de los televisores y se tambalean hasta sus camas llenas de inmaculados sueños y antihistamínicos. Hay puertas cerradas por donde no pasa nadie, y negocios donde nadie compra el pan viejo y los ovillos de piolín; el hombre está parado detrás del mostrador sobre su plataforma de madera escuchando los programas radiales y maldiciendo al comercio que no lo hizo rey. Hay postes de luz totalmente claveteados con avisos de venta, un refrigerador nuevo y una cama plegable, se venden por fuerza, nos mudamos, barato, con sólo llamar.

Cuánto hace que se fueron; el aviso parece tan viejo; tal vez están ahora en otra ciudad, comprando camas y heladeras y prometiendo pagar.

Los chicos corren a lo largo del cordón, un pie arriba y un pie rozando la calzada, sus ojos son redondos, su ropa corta, hacen a un lado el espacio, la gente, el desastre y el sentido del tiempo. Corro detrás de ellos hasta que me ven, se detienen y ríen. Señalan y ríen y yo salto arriba y abajo, agito mis brazos.

«Una loca», dicen y huyen.

A menudo pienso que cuando sea muy vieja iré por ahí en patines de ruedas. ¡Ahí estaré, llena de bufandas, volando por la calle sobre ruedas, haciendo ochos en las intersecciones y nadie dirá nada excepto, quizá, que soy «una loca». ¡Estoy acostumbrada a eso!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Por si te interesa la referencia: "El Libro Hippie", de Jerry Hopkins.

 
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