jueves, 20 de junio de 2013

kevin

Lo último que estamos dispuestos a reconocer es que el fruto prohibido que venimos mordiendo desde que llegamos a la mágica edad de los veintiún años es una apetitosa manzana igual que las que metíamos en nuestras mochilas escolares para tomar a la hora del almuerzo. Lo último que admitiremos es que las peleas del patio de la escuela son el perfecto ensayo de las maquinaciones de las salas de juntas, que nuestras jerarquías sociales son meramente una extensión del sistema de elección de los jugadores del equipo de fútbol sala del colegio, y que los adultos también se dividen en bravucones, gordos y quejicas. ¿Qué es lo que acabará descubriendo un niño? Tal vez pensemos que somos superiores a ellos por tener la capacidad exclusiva de realizar actividades sexuales, pero esa pretensión se desvanece tan deprisa al confrontarla con los hechos, que sólo puede ser debida a una conspiratoria amnesia colectiva. Algunos de mis recuerdos sexuales más intensos se remontan a la época en que aún no tenía diez años, como te confesé bajo las sábanas en tiempos mejores. No, ellos también tienen actividad sexual. En realidad, somos, simplemente, versiones cada vez más grandes y más codiciosas del mismo individuo que come, caga y folla, y nos tomamos infinitas molestias para disimular delante de todo el mundo, incluso de un niño de tres años, que casi todo lo que hacemos se reduce a comer, cagar y follar. El secreto es que no hay ningún secreto. Eso es lo que realmente deseamos ocultar a nuestros hijos, y esa ocultación es la verdadera conspiración de los adultos, el pacto que mantenemos, el Talmud que tratamos de proteger.

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