sábado, 10 de mayo de 2014

El vínculo con el carácter sagrado de la vida

Aunque yo no pertenezca a ninguna religión (a la que le debo, por otro lado, el haber sido iniciado en la trascendencia), me he dado cuenta que la sobriedad feliz, para mí, atañe decididamente a un ámbito místico y espiritual. Éste, por el despojamiento interior que conlleva, se convierte en un espacio de libertad, libera de los tormentos con los que nos abruma el peso de nuestro modo de existencia.
Hay vida después de la muerte? Desde la aparición de nuestra especie pensante, no existe una respuesta definitiva para esta pregunta recurrente, excepto la fe, considerada una certeza para aquellos en los que habita. Sólo tenemos hipótesis, y las controversias que suscita esta cuestión imposible podrían desarrollarse hasta el infinito. Cada uno se da la respuesta que le conviene, forja sus propias certezas o acoge la duda, el escepticismo, el ateísmo... Sin embargo, algunas religiones han tenido sabiduría, desde el origen, de proclamar que Dios en sí mismo es indecible: aquel sobre el que nada se puede decir. Por desgracia, las estanterías de las bibliotecas se comban bajo el peso de consideraciones contradictorias e incluso conflictivas sobre este principio indecible. En el mismo ámbito, una vez más, sólo el silencio anclado en este inconmensurable misterio que llamamos vida es verdaderamente realista. A pesar de nuestras elucubraciones, de la belleza que nuestro planeta nos ofrece y de la inteligencia creadora, estamos obligados a constatar que ni las religiones, ni el arte, ni la ciencia, la política o la filosofía han tranquilizado al mundo, ni nuestros corazones o nuestras conciencias. Podemos suponer que sin todo esto el mundo sería más bárbaro de lo que es, pero no puedo evitar pensar que también han sido factores de disensiones y violencia.
Es una pena que el tiempo invertido en tratar de averiguar si existe vida más allá de la muerte no haya sido consagrado a comprender qué es la vida y, al comprender su inmenso valor, a actuar para hacer de ésta una obra de arte inspirada en un humanismo vivo y activo, en cuyo seno la moderación fuera un arte de vida. Sería una pena, tras haber sido alimentados hasta la saciedad de sufrimiento y sinsentido, preguntarse, al final de la existencia, no si hay vida tras de la muerte, sino si existe realmente la vida antes de la muerte y qué representa ésta para el misterio de la vida. Una existencia realizada se mide según el éxito económico, político u otros? Todo es efímero en este río poco tranquilo que llamamos la historia. Incluso esos que lamamos "los grandes hombres" desaparecen en él, dejando en el hueco de nuestra memoria poco más que una impronta evanescente en la infinita inmensidad del silencio. Ni todas las disciplinas científicas podrían iluminarnos, ya que no nos permiten más que comprender los fragmentos de un fenómeno que escapa a la comprensión global. Ahora bien, tienen el mérito, para las almas humildes, de poner en evidencia la imposibilidad para el pensamiento, de naturaleza limitada, de permitirnos el acceso a una realidad de naturaleza ilimitada. Sin embargo, cuando el pensamiento se hace consciente de sus límites, silencioso, nos conduce hasta las orillas de lo desconocido. Entonces se tranquiliza, descubre la sobriedad y nos introduce en una contemplación desnuda de todo cuestionamiento sin objeto, de toda espera o ambición, que abre nuestro ser profundo a aquello que no es reducible a ningún lenguaje. Es probable que el silencio con el que choca nuestro deseo de conocer lo esencial de lo esencial sea la causa de nuestros más grandes tormentos y transforme la vida en un encierro, mientras que el universo al completo nos invita a la libertad más absoluta. Nuestros conocimientos han podido explicarnos cómo un humilde grano germina y perpetúa la vida, pero jamás han dilucidado el porqué de la vida.
La verdad no se puede extraer de ningún lugar. Ninguna filosofía, ningún dogma o precepto, ninguna ideología puede capturarla, y menos aún enjaularla. Sólo se revela cuando dejamos de especular y de atormentarnos. Sólo podemos recibir su visita en la inmovilidad y el silencio. Y en este estado no hay lugar para ningún punto de vista, ninguna opinión sobre aquello de lo que no hay nada que decir. La verdad parece preexistir a todo eso que existe. Es probable (al menos, así lo siento yo) que sea eso que llamamos, como una aproximación intuitiva y apremiados por una duda permanente, el poder de lo divino; lo que los primitivos, nuestros lejanos progenitores, presentían en todas las manifestaciones de la vida.

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